Sé que esa fue nuestra despedida.
Sé que, sin palabras,
esa fue tu forma de decir adiós.
En el susurro de lo cotidiano,
el roce entre dos cuerpos que se dejaron de reconocer,
como dos sombras que se cruzan en la penumbra.
Ya callé tus palabras,
ya me silencié en tu nombre.
Ya no volveré a llamarte.
No sabrás de mí.
No habrá más risas que se mezclen
con tus silencios
No serás el refugio
donde se escapa mi voz.
Lo que fuimos fue un fugaz incendio,
una chispa que, al tocarse, se apagó
antes de incendiar el mundo.
Un amor que supimos arder,
pero que no pudo más que eso.
Te despedí en la quietud de mi mente,
te abracé sin promesas,
sin la carga de lo que nunca fue.
Deseé que estuvieras bien,
que seas feliz
y te solté,
como se suelta las cenizas
de lo que ya no arde,
para siempre.
Es que te quise, amor.
Te supe querer con la fuerza de lo imposible.
Pero ya no hay más.
Ya no hay nada.
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Cielo Hochberg
No sé por qué siempre que escribo termino hablando de ausencias, de muerte y de amor. Será que quizás son las únicas formas de vida que conozco.
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