Recuerdo que todo fue confuso. Creo que alguien acarició mi frente, mientras que el sol se filtraba por la ventana, pero ni aún el frío de agosto lograba sofrenarme... Y allí, donde mi propia piel era un escollo e impedimento, podía sentir desde el interior, mi alma completa pugnando por salir... Desesperada, segura, desde lo profundo y atendiendo aún a esas voces lejanas que me rodeaban. Ese cuerpo inútil, que antes fue coraza, ahora se había convertido en cadenas que se trenzaban en lucha: una batalla que sería la última o tal vez la primera. Era yo . Mi propia muerte y yo. ¿Era poco? ¿Era todo? Cuatro cuachataditas de té, no edulcoraban una verdad casi infinita.
La carne vacía y mi esencia en retirada; las constelaciones de los míos, vibrando todos ellos para mí. El llamado a la paz. El cuerpo sin sentido. Motivos de mi piel, apagándose en solitario.
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