Volver a casa
no fue un regreso,
fue un acto de fe discreto.
Yo creía que la casa
era una idea severa:
paredes que exigen,
nombres que pesan,
un pasado que reclama forma.
Pero la casa estaba en ustedes.
En la paciencia del fuego,
en la mesa que no pregunta,
en el tiempo administrado con ternura
y sin testigos.
Mis abuelos.
Ustedes hicieron del cuidado
una ciencia silenciosa.
Supieron que el amor
no se pronuncia:
se sirve.
En su casa el mundo baja la voz.
El cuerpo aprende a quedarse.
El hambre no es urgencia
sino espera compartida.
Ahí entendí
que pertenecer
no es deber ni herencia,
sino descanso.
Me senté con ustedes.
Comí.
Y la interperie,
por un instante,
dejó de pronunciar mi nombre.
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