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Milikath, la pequeña hechicera - Parte 7

Jul 16, 2026

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Milikath, la pequeña hechicera - Parte 7
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Todo había pasado. Todo parecía bastante irreal, pero el dolor seguía ahí, junto con el cansancio, y eso me devolvía a la realidad.

Elidron descansaba sobre una camilla en la tienda de emergencias. Yo no me había alejado de su lado ni un solo momento. Por fortuna seguía con vida. Los encargados de la magia de sanación ya lo habían tratado, curando los huesos rotos y las heridas que aquella transformación había dejado en su cuerpo.

Dios... ¿Cuántas veces habría pasado algo así? No era la primera vez, ni la primera que yo lo presenciaba.

Todos conocían ese secreto sobre el príncipe.

Todos, menos él.

El Rey nos había prohibido revelar algo así, especialmente al propio Elidron. Aquel era el poder de la bestia, un poder que ninguno de los antiguos herederos había manifestado jamás y del que prácticamente no existía conocimiento alguno.

Era un poder descomunal, pero también explosivo e imposible de controlar. La primera vez que aquella bestia fue vista, todo ocurrió por un descuido del Reino.

Hacía muchos años, el Reino de Broam envió a unos asesinos a sueldo. Nunca se supo quiénes eran, pero su misión era clara: matar al príncipe heredero del poder del Reino.

De alguna manera lograron burlar toda la seguridad del castillo. Nadie supo cómo, pero consiguieron infiltrarse hasta la habitación donde dormía el príncipe. Aquella era su única oportunidad y no la desperdiciaron.

Lo apuñalaron directamente en el corazón. Debía ser una muerte rápida y silenciosa pero, lamentablemente para los asesinos, no solo se enfrentaban al príncipe.

También se enfrentaban al ser que habitaba en su interior. En el instante en que la hoja atravesó su corazón, el príncipe no murió. Todo se convirtió en un caos.

El castillo comenzó a estremecerse. Las paredes se derrumbaban, las ventanas estallaban en pedazos y los muebles salían despedidos por todas partes.

Y, en medio de toda aquella destrucción estaba la bestia.

Permanecía sobre sus cuatro patas. Su enorme cuerpo estaba cubierto por un espeso pelaje blanco. Cada una de sus garras era más grande que la cabeza de un hombre y sus afiladas uñas parecían capaces de atravesar cualquier armadura. La espesa melena que rodeaba su cuello se agitaba junto con la niebla carmesí que nunca dejaba de envolverla.

La bestia se enfrentó a los asesinos, que no fueron rivales para ella, excepto uno. Aquel asesino era mucho más habilidoso que los demás, pero ni siquiera él pudo hacer frente a una bestia dominada por una implacable sed de sangre.

Al final, la bestia salió victoriosa.

Todo el Reino se puso en alerta de inmediato. Los primeros en llegar fueron el Rey y los demás príncipes, quienes, al igual que todos los presentes, no podían creer lo que estaban viendo. Aunque nadie tenía la certeza de lo que ocurría, todos intuían que aquella bestia era el príncipe Elidron.

Por esa razón, nadie dio la orden de atacarlo. En primer lugar, porque probablemente nadie habría sido capaz de hacerle frente. En su lugar, intentaron detenerlo utilizando tranquilizantes para que fuera perdiendo fuerza hasta caer en un profundo sueño.

Sin embargo, no fue una tarea sencilla.

Muchos soldados murieron despedazados al intentar acercarse para inyectarle el tranquilizante. Solo después de numerosas bajas lograron dormir a la bestia.

Inmediatamente comenzaron a buscar supervivientes entre los escombros. Fue entonces cuando el Rey se dio cuenta de que faltaban el hijo y la esposa del príncipe.

Los buscaron desesperadamente hasta que los encontraron. Yacían bajo los restos del castillo. Estaban muertos.

No habían sido asesinados por los asesinos. Habían muerto a manos de la bestia que habitaba en el interior del príncipe.

Cuando Elidron despertó, no recordaba absolutamente nada de lo ocurrido. Con el paso del tiempo se dieron cuenta de que también había olvidado parte de sus propios recuerdos, como si, de alguna manera, la bestia ocultara deliberadamente su existencia para impedir que él descubriera qué era realmente o lo que provocaba cada vez que perdía el control.

El Rey quedó completamente destrozado pero aun así, decidió no contarle la verdad.

Cada vez que Elidron se transformaba era para proteger al Reino. Gracias a ese poder conseguían victorias imposibles y salvaban innumerables vidas. Sin embargo, con cada transformación olvidaba un poco más de su pasado y de todo lo que hacía mientras la bestia tomaba el control.

Aun así, nadie en el Reino le tenía miedo al príncipe. Al contrario, era visto como el gran protector y el mayor tesoro del Reino, por lo que todos lo respetaban profundamente.

Por esa razón, el Rey prohibió hablarle sobre la bestia o mencionar cualquier cosa relacionada con ella.

Sin duda era impresionante haber presenciado aquel poder con mis propios ojos. Solo me quedaba esperar que el príncipe nunca terminará olvidándome… Ni a las demás personas que lo queríamos.

De repente, una voz me sacó de mis pensamientos.

—Oye, Milikath... —era Bouxird—. Creo que es necesario que vengas a ver esto.

Ambos salimos de la tienda médica y caminamos hasta donde se encontraban los restos del dragón. Con los debidos cuidados, habían reunido todas las partes de su cuerpo. Allí también estaba el hombre rubio de túnica elegante.

—¿Ustedes ya habían visto algo así? —preguntó mientras señalaba los restos del dragón con una expresión de preocupación.

Me acerqué para observar mejor. Aquello no era un simple cadáver.

La Carne que sobresalía entre los restos no parecía pertenecer únicamente al dragón. Era una masa informe compuesta por manos, ojos, lenguas y otros tejidos que parecían provenir de distintas criaturas. Todo se encontraba unido de una forma antinatural, como si varios cuerpos hubieran sido fusionados a la fuerza.

Era una visión repugnante y aquella Carne no parecía formar parte del dragón, parecía algo completamente ajeno a él.

—Hemos escuchado sobre algo así, pero el único que los ha visto en persona es Reiny.

Todos volteamos a verlo.

Reiny permanecía inmóvil. Se veía nervioso y, por primera vez desde que lo conocía, parecía realmente asustado.

—Reiny... ¿quieres contarnos? —pregunté.

—No... —respondió con una voz baja y un tono inusualmente frío.

No insistí. Creo que no le gustaba hablar sobre su hogar.

Para romper el silencio y la incomodidad, Bouxird comenzó a hablar. Le explicó al hombre de la túnica elegante todo lo que nosotros sabíamos sobre aquel extraño caso de La Carne.

Todo me resultaba bastante extraño.

Dragones rojos...

Aquí, en territorio de los dragones azules.

—Desde aquí puede verse el territorio de La Carne —dijo el hombre de la túnica elegante mientras señalaba la cordillera a lo lejos—. Pero hay algo que no tiene sentido. Ese era un dragón rojo. Los dragones son extremadamente territoriales y jamás permiten que otro de una especie distinta invada su territorio.

Guardó silencio unos segundos mientras observaba las montañas.

—Lo más probable es que La Carne lo haya infectado y obligado a actuar contra su propia naturaleza. Es algo muy parecido a lo que ocurre con los aldeanos rata cuando se transforman.

—No estarás pensando en estudiar esos restos, ¿verdad? Es demasiado peligroso. Lo mejor será incinerar el cuerpo del dragón antes de que ocurra algo peor —interrumpió Bouxird.

—Lo sé. No pensaba permitir que esos restos contaminaran el aire que respiramos. Aunque solo puedo utilizar magia de viento.

Guardó silencio unos instantes, como si estuviera pensando.

—Ya sé quién puede ayudarnos. No te preocupes, aunque necesitaré tu ayuda para controlar y avivar el fuego.

—Sí... tampoco tengo otra cosa que hacer —respondió con cierto fastidio.

Mientras hablaban, aproveché para observar con más atención al hombre de la túnica. Su forma de expresarse y la calidad de su ropa eran propias de un noble.

Al poco tiempo llegó otro mago. Se colocó frente al cadáver del dragón, realizó varios símbolos en el aire con las manos y comenzó a canalizar magia de fuego. Las llamas brotaron de sus palmas mientras el hombre de la túnica dirigía fuertes corrientes de viento para alimentarlas. Poco a poco, el enorme cuerpo del dragón comenzó a ser consumido por el fuego.

Con ayuda de aquel hombre rubio, las llamas comenzaron a extenderse y crecieron hasta formar un enorme remolino de fuego. Todo estaba perfectamente controlado gracias a su magia de viento.

A pesar de la intensidad de las llamas, ninguno de nosotros sentía el calor.

Era como si el propio viento las mantuviera confinadas, impidiendo que el calor escapara más allá del remolino.

Jamás había visto a alguien controlar dos elementos de esa manera. Después de un rato, del enorme cuerpo del dragón no quedaban más que cenizas.

Me quedé observando las cenizas y luego bajé la mirada hacia mis manos. Seguían temblando. El agotamiento había sido enorme. Lamentablemente, la magia no se recuperaba tan rápido; era similar a la sangre: una vez agotada, necesitaba tiempo para volver.

Me pregunté adónde habrían ido Bouxird y Reiny.

Comencé a caminar por el campamento. A mi alrededor todavía podían verse los estragos del combate de la noche anterior. Había escudos partidos, armas destrozadas y varias tiendas de campaña derrumbadas o rasgadas. También había soldados heridos y otros que jamás volverían a levantarse.

Aun así, el campamento ya comenzaba a recuperar el orden. Algunos soldados recogían los materiales que todavía podían aprovecharse, mientras otros reconstruían las defensas y levantaban las tiendas caídas.

No muy lejos de unas carpas encontré a Bouxird y a Reiny. Ambos estaban sentados sobre unas rocas y se veían cabizbajos, en especial Bouxird.

—Oigan, ¿cómo están? ¿Todo bien?

—¡Ah! No vi que estabas cerca —respondió Bouxird, sobresaltándose un poco. Parecía completamente sumido en sus pensamientos.

—¿Pasa algo? Los veo algo deprimidos...

Reiny mantuvo la mirada baja, pero Bouxird parecía mucho más afectado.

—No pude... No pude hacer nada.

—Eso no es verdad, y lo sabes.

—Sí lo es. Por más que lo intento y practico, no puedo dejar de tener miedo. Mi magia fue completamente inútil. No fui capaz de conseguir nada.

—Amigo, hiciste lo que pudiste.

—¡No! Tú no entiendes cómo me siento. Por más que lo intento, no logro avanzar ni volverme más fuerte... Solo quiero ser alguien a quien mi madre pueda llamar hijo con orgullo.

Me quedé callada, tratando de encontrar las palabras adecuadas, pero mi mente se quedó completamente en blanco.

—Si no hubiera sido por ti, Milikath, estaría muerto. No sabes el miedo que sentí al enfrentarme a una bestia tan poderosa. Incluso con tu escudo protegiéndome, terminó rompiéndome el brazo y no pude hacer nada más que quedarme tendido en el suelo. Soy un inútil.

Su voz comenzó a quebrarse y las lágrimas descendieron lentamente por su rostro.

—Sabes que es normal sentir miedo. Todos lo sentimos alguna vez en situaciones así... ¿verdad, Reiny?

Reiny levantó la mirada hacia mí.

—No…

Me puse nerviosa. Ahora sabía todavía menos qué decir.

Me senté al lado de Bouxird. Realmente no sabía cómo consolarlo. Nunca había tenido amigos que permanecieran conmigo durante mucho tiempo; siempre terminaba alejándome de todos sin una razón aparente. Definitivamente, no era una buena amiga.

—Cuando era niña, no me gustaba ir a la escuela. Siempre lloraba en cuanto mis padres me dejaban en la entrada. No importaba cuántos días pasaran, yo seguía teniendo miedo. Hasta que un día otra niña me vio llorando y, sin conocerme ni saber lo que me ocurría, simplemente me abrazó. En ese instante dejé de llorar y, desde entonces, ya no sentí miedo de estar en la escuela.

Entonces abracé a Bouxird.

—A veces, los actos son más importantes que las palabras. No sé qué decirte, pero estamos juntos en esto.

Reiny levantó tímidamente una mano, como si quisiera intervenir.

—Hoy es mi cumpleaños.

Dejé de abrazar a Bouxird y ambos volteamos a verlo.

—¿Qué? —pregunté.

Bouxird, ya un poco más tranquilo, soltó una risa. Yo terminé riéndome con él por lo inesperado de aquel comentario.


Pov Elidron

La cabeza me daba mil vueltas.

—¡Elidron!... ¡Elidron!

Al escuchar aquella voz, recobré el sentido. Todo estaba oscuro, cubierto por una tenue neblina de color rojo. Hacía mucho frío y me sentía bastante mareado.

—Elidron... ven.

Era la voz suave de una mujer. No tenía idea de quién era, pero me resultaba extrañamente familiar. Avancé hacia el lugar de donde parecía provenir. No había paredes, tampoco un horizonte. Solo una oscuridad interminable y agua cubriendo el suelo. Lo único que podía escuchar eran mis pasos y el leve chapoteo que provocaba al moverme.

Continué caminando durante mucho tiempo, pero nada cambiaba. La voz siempre parecía encontrarse un poco más adelante, fuera de mi alcance. Intenté apresurarme, incluso corrí, pero jamás logré acercarme.

Poco a poco, el cansancio comenzó a vencerme. Me detuve, respiré profundamente y observé la oscuridad que me rodeaba. Aquel lugar parecía no tener final.

—¿Dónde estás? —pregunté.

No recibí respuesta.

La ansiedad empezó a apoderarse de mí. Había algo familiar en aquel sitio, algo que sentía que debería recordar, pero cuanto más intentaba comprenderlo, más vacía se volvía mi mente.

Finalmente bajé la mirada, dispuesto a rendirme.

Entonces sentí que alguien pequeño me sujetaba desde atrás.

Me sobresalté y volteé de inmediato. Frente a mí se encontraba la silueta de un niño.

—¿Quién eres tú? —me preguntó.

Entonces desperté de aquel extraño sueño. La cabeza me dolía demasiado. Intenté levantarme, pero el dolor se extendía por todo mi cuerpo. Me encontraba en una pequeña enfermería.

No recordaba qué había ocurrido. Mis últimos recuerdos eran de la pelea contra el dragón rojo. Estábamos ganando, pero después de eso... nada. Por más que lo intentaba, no lograba recordar.

—Ah, príncipe, no se levante, por favor —dijo alguien al verme moverme—. Sus heridas todavía no se han recuperado. Aunque utilizamos magia de sanación, no fue suficiente, así que tuvimos que recurrir a ungüentos imbuidos con magia.

Miré mis brazos. Aún estaban cubiertos de heridas y rastros de sangre.

—¿Eh? ¿Por qué todavía no han sanado?

Era bastante extraño. La magia de sanación solía ser la forma más eficaz de tratar incluso las heridas graves. Claro, todo dependía de la habilidad del sanador, pero tampoco era como si me hubieran arrancado un brazo.

Entonces alguien entró en la enfermería.

Era una mujer de estatura media y complexión delgada, mucho menos imponente que la mayoría de los guerreros del Reino. Sin embargo, no parecía débil. Sus brazos y piernas mostraban la firmeza adquirida tras años de entrenamiento, aunque sabía que su verdadera fortaleza nunca había dependido de su cuerpo.

Su cabello marrón estaba desordenado y varios mechones ondulados caían sobre su rostro. Le llegaba casi hasta los hombros y parecía imposible mantenerlo en su sitio durante demasiado tiempo. Sus facciones eran suaves y juveniles, pero lo que más llamaba mi atención eran sus ojos. Eran demasiado expresivos. Incluso cuando intentaba aparentar tranquilidad, bastaba con observarlos para saber que algo la preocupaba.

Era Milikath.

—Príncipe Elidron, no debe moverse en su estado actual. Todavía necesita reposar, al menos durante dos días.

¿Dos días?

La idea de permanecer acostado durante tanto tiempo me irritó más de lo que debería. Yo era el Príncipe Sanguinario, el guerrero más fuerte del Reino. No podía permitir que me vieran en aquel estado.

Por un instante sentí el impulso de levantarme, aunque tuviera que desgarrar nuevamente cada una de mis heridas.

Pero, casi al mismo tiempo, otra sensación apareció.

Tal vez permanecer allí no sería tan malo. Dentro de aquella enfermería no había dragones, combates ni nada que pudiera alcanzarme. Podría quedarme acostado mucho más tiempo.

Fruncí el ceño.

No entendía de dónde había surgido aquel pensamiento. Quizá solo estaba demasiado agotado.

—¿Qué me pasó? —pregunté.

—El dragón estaba infectado por La Carne —explicó Milikath—. Por eso nos tomó a todos por sorpresa cuando, después de morir, volvió a atacarte y te hirió de gravedad. Perdiste el conocimiento, aunque entre todos logramos derrotarlo nuevamente.

—¿La Carne, eh? Ya veo... Lamento no haber podido seguir ayudándolos.

Mientras hablaba, el dolor de cabeza se intensificó. Cada palabra de Milikath parecía presionar algo dentro de mi mente, como si intentara recordar un momento que ya no estaba ahí.

—Príncipe, por el momento será mejor que siga descansando. No se preocupe por nada más. Las ballestas están casi terminadas y el portal de teletransportación continúa funcionando sin problemas.

Escuché sus palabras, pero me sentía demasiado agotado para responder de inmediato. Me acomodé de lado y le di la espalda a Milikath.

—Está bien. Seguiré durmiendo.

—Sí, príncipe.

No escuché nada más. Todavía me sentía aturdido y el dolor de cabeza no desaparecía. Lo mejor sería dormir.

Cuando volví a abrir los ojos, me sentía mucho mejor. No sabía cuánto tiempo había pasado.

¿Cuánto habré dormido?

El tiempo se sentía extraño, como si las horas se hubieran mezclado entre sí. Seguía en la misma carpa, acostado en aquella pequeña enfermería. Por la abertura de la entrada podía distinguir los primeros rayos del amanecer.

Escuchaba el canto de las aves y el aleteo de algunas que sobrevolaban el campamento. En aquel lado de la cordillera, el sol golpeaba con bastante fuerza, pero, al ser tan temprano, su calor todavía resultaba agradable. Algunos soldados ya trabajaban, otros entrenaban y varios realizaban tareas específicas alrededor del campamento.

Intenté mover los brazos y después el resto del cuerpo. Ya no me sentía tan débil. Las heridas que unas horas antes seguían abiertas habían desaparecido por completo.

Eso no tenía sentido. Milikath había dicho que necesitaría al menos dos días para recuperarme, pero solo habían bastado unas cuantas horas. Bueno, mejor para mí.

Me cambié y me puse el uniforme real, de un tono rojo intenso. Después salí de la tienda.

Todo parecía bastante tranquilo, aunque pensé eso demasiado pronto. Tras caminar un poco, vi a muchos soldados reunidos cerca de allí. Se escuchaban gritos de asombro, risas y aplausos.

Qué extraño. Me acerqué y no pude evitar sorprenderme.

Un cocinero con un gorro bastante extravagante lanzaba la comida por los aires y la atrapaba al mismo tiempo. Las salsas, los vegetales y el resto de los ingredientes volaban de un lado a otro sin caer al suelo. De su boca expulsaba fuego, dirigiéndolo hacia los alimentos suspendidos en el aire para terminar de cocinarlos.

Después de cada espectáculo, colocaba la comida en platos y se la entregaba a los soldados, quienes no paraban de elogiarlo y comentar lo deliciosa que estaba.

Mis tripas gruñeron. Me acerqué y levanté una mano para pedir una porción.

El cocinero tomó un huevo de la mesa de ingredientes y lo lanzó tan alto que desapareció de mi vista. Luego arrojó su espátula desde debajo de la mesa. Esta cayó de pie, con el borde hacia arriba, y, unos instantes después, el huevo descendió justo sobre ella.

Se quedó ahí, completamente inmóvil, como si hubiera olvidado que acababa de caer desde aquella altura.

Con un movimiento suave, el cocinero abrió el huevo con facilidad y dejó caer su contenido dentro de un tazón, donde comenzó a batirlo. Mientras tanto, las salsas y las especias continuaban saltando por sí solas alrededor de la mesa.

Era magia.

Entonces lo reconocí. Al no haber visto con claridad su cabello rubio, no me había dado cuenta de quién era. Se trataba de Alex Veyrhart, el hermano de Lilikath. Su familia pertenecía a una de las casas nobles más importantes de nuestro Reino y siempre intentaba intervenir en las decisiones del consejo. Sin embargo, últimamente no gozaban de buena fama debido a los miembros que habían desertado. Aun así, sus descendientes solían ser fuertes y especialmente habilidosos con la magia de viento.

Cuando terminó de preparar el platillo, me lo entregó.

—Gracias —dije.

—Veo que ya se encuentra mejor, príncipe. Aunque no debería exigirse demasiado.

—Lo tendré en cuenta. Oye, cuando regresemos, ¿vendrás con nosotros o tienes otros planes?

Comencé a devorar la comida. Estaba deliciosa. Era una combinación de varios ingredientes distintos que, de alguna manera, armonizaban perfectamente entre sí.

—Sí, debo reunirme con Lilikath para cumplir un encargo de nuestro padre.

—Entiendo. Entonces mandaré a buscarte cuando estemos por partir.

Sin darme cuenta, ya me había terminado toda la comida. Después fui a revisar las ballestas y a preparar todo para nuestro regreso al Reino.

Solo me faltaba encontrar a Milikath, Bouxird y Reiny para avisarles que regresaríamos esa misma tarde.

Banana Mongola

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