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Milikath, la pequeña hechicera - Parte 6

Jul 7, 2026

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Milikath, la pequeña hechicera - Parte 6
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El príncipe Elidron estaba listo para atacar. Sin embargo, nuestro enemigo era un enorme dragón y no la tendríamos nada fácil.

Sin dudarlo, Elidron se lanzó hacia el frente con una confianza absoluta. Confiaba plenamente en nosotros, y nosotros confiábamos en él. El dragón reaccionó de inmediato. Levantó una de sus enormes garras y la descargó con fuerza para aplastarlo.

Pero yo ya estaba preparada.

Concentré mi magia y levanté una barrera justo frente a la garra. El impacto fue brutal, pero el escudo logró detenerla el tiempo suficiente.

Era la oportunidad que Elidron necesitaba.

Con un solo movimiento descargó su espada contra el costado del dragón. La hoja atravesó parte de sus resistentes escamas, obligándolo a soltar un rugido de dolor.

Aquella no era una espada común. Su poder no provenía del filo, sino de la bestia que habitaba en el interior de Elidron.

Furioso, el dragón intentó responder de inmediato. Abrió sus enormes fauces y escupió una inmensa llamarada, pero Reiny reaccionó antes de que pudiera alcanzarnos. Con un rápido movimiento de sus manos, una gruesa capa de hielo cubrió la boca y parte de las patas del dragón, obligándolo a interrumpir su ataque.

Mientras tanto, el resto de los soldados seguía enfrentándose a los pequeños dragones. Los pocos que permanecían con nosotros aprovechaban cualquier oportunidad para atacar las patas del enorme dragón y dificultar sus movimientos.

Poco a poco comenzábamos a hacerle daño. Elidron, gracias a su fuerza y a sus impresionantes reflejos, era capaz de esquivar los ataques del dragón y responder con cortes cada vez más profundos, mientras nosotros hacíamos todo lo posible por abrirle el camino y mantenerlo con vida.

Bouxird tampoco se quedaba atrás. Aunque sus ataques no tenían la misma fuerza que los de Elidron, era mucho más ágil y lograba moverse entre las patas del dragón sin ser alcanzado.

Sin embargo, su magia de gravedad aún no era lo suficientemente poderosa. Intentaba mantener las patas del dragón clavadas al suelo, pero solo conseguía inmovilizarlo durante unos instantes.

—¡La pata izquierda! —gritó Bouxird.

En cuánto aumentó la gravedad sobre una de las patas delanteras, el dragón perdió el equilibrio por un instante. Era poco tiempo, pero suficiente para que Elidron descargara otro corte sobre el costado de la criatura.

Cada vez que Elidron o Reiny distraían al dragón, Bouxird aprovechaba para encontrar una abertura y clavar su espada una y otra vez en las heridas ya existentes.

Yo levantaba pequeñas barreras para desviar las garras y los coletazos, mientras Reiny congelaba las patas o las fauces del dragón. Sin embargo, el dragón era demasiado fuerte, así que  terminaba rompiendo tanto mi magia como la de Reiny.

Con el tiempo nos fuimos coordinando mejor. Cuando alguno se encontraba en peligro, otro intervenía para llamar la atención del dragón o bloquear el ataque antes de que impactara.

El dragón intentó alzar el vuelo.

—¡Reiny, el ala! —grité.

Reiny reaccionó de inmediato y cubrió una de las alas con una enorme masa de hielo. Al mismo tiempo, Bouxird volvió a incrementar la gravedad sobre ese mismo lado del cuerpo.

El peso fue demasiado. El dragón apenas logró elevarse unos metros antes de desplomarse de costado.

El impacto sacudió todo el campamento y levantó una inmensa nube de polvo. Elidron no dejó pasar la oportunidad y corrió lo más rápido que pudo, mientras Bouxird volvía a atacar la herida de su costado para obligarlo a mantener la cabeza girada.

Yo levanté una barrera inclinada justo delante del príncipe. Él entendió la intención al instante y utilizó mi barrera como apoyo para impulsarse hacia adelante, saltando directamente hacia el cuello del dragón.

La espada rojo carmesí atravesó las escamas, la piel y se hundió profundamente. La niebla carmesí que envolvía la hoja comenzó a extenderse por la herida como si estuviera viva.

El dragón rugió con furia e intentó morderlo, pero Reiny volvió a reaccionar a tiempo y selló sus fauces con hielo.

El enorme cuerpo del dragón comenzó a perder fuerza. Intentaba levantarse, pero sus movimientos eran cada vez más lentos y descoordinados. Aunque seguía rompiendo mis barreras y el hielo de Reiny, ya no tenía la misma fuerza de antes.

—¡Ahora, Elidron! —gritó Bouxird.

Con un último movimiento, Elidron descargó un corte limpio sobre el cuello del dragón. La enorme criatura se desplomó frente a nosotros.

El golpe hizo temblar el suelo y derribó parte de los materiales que aún permanecían apilados cerca de las tiendas.

Durante unos instantes, nadie dijo nada. El dragón permanecía inmóvil y el fuego que aún brillaba en el fondo de su garganta terminó por extinguirse. Estaba muerto.

Yo tenía las manos temblando por todo el esfuerzo. Reiny respiraba con dificultad y Bouxird apenas podía sostener la espada. Elidron, en cambio, seguía de pie frente al cadáver, rodeado por aquella impresionante aura carmesí.

—¿Terminamos? —pregunté mientras intentaba recuperar el aliento.

—Eso parece... —respondió Bouxird.

Los soldados también habían derrotado a todos los pequeños dragones. Algunos comenzaron a celebrar la victoria, mientras otros corrían para atender a los heridos. Aunque solo había unos pocos sanadores, hacían todo lo posible por estabilizar a quienes aún podían salvarse.

A pesar de todo, algo no terminaba de convencerme.

Siempre había escuchado que derrotar a un dragón era una hazaña casi imposible. Habíamos tenido muchas dificultades, pero aun así sentía que aquello había sido demasiado sencillo para una criatura de ese tamaño.

Entonces escuché un sonido.

Era húmedo, como si varios huesos se acomodaran unos contra otros.

El cuerpo del dragón comenzó a estremecerse.

—¡Aléjense! —ordenó el hombre rubio de la túnica elegante.

El cuello del dragón empezó a hincharse de manera antinatural y los tendones comenzaron a tensarse. Al mismo tiempo, la carne empezó a moverse por todo su cuerpo. Las heridas que le habíamos provocado comenzaron a cerrarse lentamente, pero aquella masa rojiza no dejaba de retorcerse. Se contraía, se expandía y volvía a retorcerse sin descanso, formando una escena verdaderamente repugnante.

Entonces ocurrió.

La cabeza del dragón salió disparada, tan rápida que apenas pude distinguirla.

Atravesó el campamento como una bala y golpeó de lleno a Elidron, lanzándolo varios metros por el suelo.

—¡Elidron!

Corrí hacia él sin pensar en nada más.

La cabeza del dragón había quedado a pocos metros, pero seguía moviendo las mandíbulas como si aún estuviera viva.

De la parte posterior de su cráneo sobresalía una enorme masa de carne. No tenía forma alguna. Era una mezcla de tendones, músculos y tejido que se retorcía constantemente, como si estuviera vivo. Aquella masa seguía unida al cuello del dragón, estirándose y contrayéndose una y otra vez.

¿Cómo era posible algo así?

Me arrodillé junto a Elidron. Su armadura estaba destrozada a la altura del hombro y una gran mancha de sangre comenzaba a extenderse sobre su ropa.

Al principio solo me preocupó la herida, pero recordé lo que significaba ver la sangre del príncipe.

El príncipe podía utilizar el poder del ser que habitaba en su interior. Sin embargo, cuando sufría alguna herida, la bestia despertaba. 

—¡Todos, aléjense del príncipe! ¡Iniciaremos el protocolo de emergencia!

La niebla roja comenzó a brotar cada vez con más intensidad del cuerpo de Elidron, extendiéndose por todo el lugar. Sin pensarlo, levanté una barrera entre ambos.

Justo en ese instante abrió los ojos, ya no parecían los suyos.

Golpeó el escudo con uno de sus brazos y el impacto me obligó a retroceder varios pasos. La barrera resistió, pero estuvo a punto de romperse.

Todos los soldados parecían saber exactamente qué hacer. Dejaron de acercarse y comenzaron a evacuar a los heridos. Nadie intentó atacar a Elidron ni tranquilizarlo. Simplemente se alejaron mientras levantaban defensas para impedir que alcanzara las zonas más concurridas del campamento.

El cuerpo del príncipe comenzó a transformarse dentro de aquella espesa niebla carmesí.

Su tamaño aumentó poco a poco. Sus manos se deformaron hasta convertirse en enormes garras y una espesa melena blanca comenzó a crecer alrededor de su cuello.

Cuando la niebla finalmente se disipó...

Elidron había desaparecido.

En su lugar se alzaba una enorme bestia con apariencia de león, aunque era mucho más grande que cualquier criatura de esa especie. Su pelaje era completamente blanco, bastante largo que curbria parte de su cabeza.

La niebla seguía rodeándolo como si no quisiera alejarse de él. Se movía a su alrededor como si también formará parte de su cuerpo.

Aproveché ese momento para reunirme con mis compañeros y ponerme a salvo.

La bestia nos observó fijamente, pero no mostró ninguna señal de reconocernos. No importaba que fuéramos sus compañeros. En ese estado atacaría a cualquier ser que se encontrara frente a él.

Por fortuna, el dragón volvió a moverse antes de que pudiera dirigirse hacia nosotros.

La cabeza ya había regresado a su lugar y los tejidos rojizos comenzaban a unirla nuevamente con el cuello. Entre sus escamas brotaron varias protuberancias y sus extremidades se doblaron de formas antinaturales. Ya no se movía como un dragón.

Se movía como un cadáver.

—Está infectado por La Carne —dijo el hombre de la túnica.

—¿Reiny... tú lo sabías? —pregunté.

Reiny negó lentamente con la cabeza.

Eso explicaba por qué habíamos logrado derrotarlo con relativa facilidad. La infección había consumido gran parte de su cuerpo y debilitado sus movimientos.

Pero ya no era el dragón, ahora era la Carne utilizaba sus restos como si fueran una marioneta.

La bestia de Elidron rugió y se lanzó directamente contra el dragón. Ambos chocaron con tanta fuerza que el suelo se estremeció. 

El dragón intentó morderlo, pero la bestia clavó sus enormes garras en la cabeza y, con una fuerza descomunal, logró arrancársela del cuerpo. La sangre brotó en todas direcciones.

En eso, del cuello surgió una enorme masa de La Carne. Los tendones y músculos se estiraron rápidamente hasta envolver la cabeza, intentando volver a unirla con el cuerpo.

Antes de que la unión terminará de completarse, el dragón giró con fuerza para golpear a la bestia con la cola.

La cabeza del dragón abrió las fauces, el fuego empezaba a surgir, pese a que ya no era el dragón, la magia seguía viva.

Una inmensa llamarada envolvió a la bestia. Sin embargo, la espesa niebla carmesí que rodeaba su cuerpo atravesó las llamas como si estas no existieran.

El combate ya no se parecía en nada al anterior. La bestia no intentaba protegerse ni esquivar. Recibía cada golpe de frente y respondía con una violencia todavía mayor.

En un solo impulso alcanzó nuevamente la cabeza del dragón y la mordió con una fuerza aterradora. Tiró de ella hasta desgarrar por completo los tejidos de La Carne que intentaban mantenerla unida al cuerpo.

Después continuó atacando sin detenerse. Desmembró varias de las patas del dragón y destrozó gran parte de su cuerpo. Cada vez que La Carne intentaba regenerarlo o volver a unir alguno de sus miembros, la bestia lo arrancaba otra vez con una fuerza descomunal.

Finalmente, el enorme cuerpo del dragón dejó de moverse por completo.

Bien, el dragón infectado ya no era un peligro. Pero ahora quedaba el príncipe Elidron.

Mierda.

La enorme bestia albina levantó lentamente la cabeza y dirigió su mirada hacia nosotros.

Sentí un escalofrío.

Los soldados retrocedieron todavía más. Nadie debía acercarse ni intentar razonar con él. El protocolo consistía en mantener la distancia y esperar a que agotara toda la energía de la transformación. Si eso no funcionaba, tendrían que herirlo para hacer que perdiera sangre y, con ello, su poder disminuyera poco a poco.

La bestia dio el primer paso y después otro. Comenzó a avanzar directamente hacia el campamento.

Respiré hondo y levanté una barrera frente a él.

La bestia golpeó el escudo y lo cubrió de grietas. Antes de que pudiera destruirlo, formé una segunda barrera detrás de la primera. Reiny comprendió lo que intentaba hacer y empezó a reforzarlas con hielo. Cada vez que Elidron rompía una, se encontraba con otra que lo obligaba a seguir utilizando su fuerza.

—Creo... que ya está cansándose —dijo Reiny.

—¡Solo necesitamos ganar tiempo! —respondí sin apartar la vista de Elidron.

La bestia rompió ambas barreras y avanzó. Bouxird corrió frente a ella para llamar su atención. Esperó hasta el último instante antes de esquivar una de sus garras e intentó herir ligeramente al príncipe para hacerle perder algo de sangre.

Pero la bestia fue mucho más rápida. Esquivó el corte con un movimiento brusco y contraatacó de inmediato.

Al ver sus garras dirigirse hacia Bouxird, levanté una barrera entre ambos. El impacto fue tan brutal que el escudo se cubrió de grietas y terminó haciéndose añicos. Aunque logró amortiguar parte del golpe, Bouxird salió despedido varios metros.

—¡Bouxird! —grité.

Reiny reaccionó al instante. Formó un cuchillo de hielo y lo lanzó contra la bestia. El proyectil impactó en uno de sus hombros, logrando desviar su atención.

La bestia volvió a girarse hacia nosotros.

De reojo busqué a Bouxird y por fortuna seguía con vida e intentaba ponerse de pie.

—¡Reiny, si no pierde sangre, no volverá a la normalidad!

Elidron ya no podía controlar lo que hacía. Aun así, nosotros debíamos herirlo y agotarlo antes de que lastimara a alguien más.

Volví a levantar una barrera, esta vez rodeando por completo a la bestia. Elidron comenzó a golpearla sin descanso, haciendo que aparecieran grietas por toda su superficie.

Entonces un relámpago descendió del cielo.

El impacto fue directo sobre la bestia y, de paso, atravesó mi barrera, haciéndola estallar en cientos de fragmentos de luz.

Era el hombre de la túnica elegante.

El ataque había sido tan poderoso que la bestia quedó aturdida durante unos instantes.

Era nuestra oportunidad.

—¡Reiny!

Sin perder un segundo, comenzó a canalizar su magia. Frente a él se formó una enorme estaca de hielo, afilada como una lanza. Con un movimiento de su brazo, salió disparada a toda velocidad y se clavó en el hombro de la bestia.

La sangre comenzó a brotar con abundancia, así que aproveché ese instante para levantar otra vez mis barreras y limitar sus movimientos.

Mis brazos empezaron a doler y apenas podía mantenerme en pie. Cada golpe se sentía en todo mi cuerpo, pero no podía dejar que la barrera desapareciera. Poco a poco, la niebla carmesí comenzó a perder intensidad.

El enorme cuerpo de la bestia empezó a encogerse, sus garras volvieron a convertirse en manos y la melena blanca desapareció.

Hasta que, finalmente… Elidron volvió a ser él.

Corrí hacia él.

Estaba cubierto de heridas y había perdido bastante sangre, aunque todavía respiraba.

Apoyé su cabeza sobre mis piernas y coloqué una mano sobre la herida de su hombro para intentar detener el sangrado.

—Siempre tienes que hacer las cosas de la manera más difícil... —murmuré.

Bouxird, Reiny y uno de los sanadores se acercaron cuando estuvieron seguros de que la transformación había terminado. A nuestro alrededor, los soldados comenzaron a reorganizar el campamento y a atender a los heridos.

Todo había terminado.

O al menos eso quería creer.

Sin duda, La Carne era aterradora.

Banana Mongola

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