Mientras practicaba con Reiny, me perdí en mis pensamientos.
Quería aprender más sobre la magia, especialmente sobre la de hielo. Yo no tenía ningún elemento en particular, pero mis barreras eran especialmente fuertes. Demasiado fuertes, diría yo. Ese era mi punto fuerte.
Lo que solía hacer para mejorar era intentar transformar el agua en hielo, luego volverla agua otra vez y, por último, convertirla en vapor hasta evaporarla por completo.
La magia era extraña. Se sentía de muchas maneras distintas. A veces cálida, otras fría. Que hiciera daño o no dependía en gran medida de quien la utilizara, de qué tan seguro estuviera de sí mismo y de cuánto control tuviera sobre ella.
Por eso casi nadie utilizaba magia de fuego. Un descuido podía dejarte una quemadura que difícilmente sanaría. Incluso con la ayuda de un sanador. La magia curativa también tenía sus límites y, además, era una de las más complicadas de aprender y dominar.
Reiny, por su parte, estaba construyendo un iglú para practicar. Los bloques de hielo surgían poco a poco bajo sus manos y aumentaban de tamaño conforme los moldeaba con su magia.
—¡Eres muy bueno, Reiny! ¿No te cansas? —pregunté con curiosidad.
Aunque le hice la pregunta, él siguió concentrado en el bloque de hielo que estaba formando.
—S-sí... me canso mucho...
Aun así, continuó creando más bloques sin detenerse.
El clima era fresco, por lo que el hielo aguantaba bastante tiempo sin derretirse.
Los soldados no paraban de trabajar. A cada rato los veíamos pasar cargando herramientas, madera o materiales de construcción. Sin embargo, no nos molestaban en absoluto.
Así que decidí acercarme a preguntar si podíamos ayudar en algo.
Mala idea. Inmediatamente nos asignaron tareas.
A mí me pidieron colocar barreras protectoras sobre varios materiales que serían lanzados por la ladera de la cordillera para acelerar el transporte. La teoría sonaba bien.
La práctica no tanto.
Los cargamentos llegaban intactos gracias a mis barreras, pero al impactar contra el suelo levantaban enormes nubes de polvo y provocaban todavía más desorden.
Así que Reiny comenzó a crear una enorme resbaladilla de hielo que iba desde la cima hasta el pie de la cordillera. De esa manera, los materiales podían deslizarse cuesta abajo sin complicaciones y sin correr el riesgo de romperse.
Sin duda, la magia de Reiny era impresionante.
Había pasado de construir un iglú él solo a crear una gigantesca estructura de hielo que recorría gran parte de la cordillera. Y aun así no parecía agotado.
Su cantidad de maná debía ser muy superior a la de la mayoría de los magos.
Con razón el primer príncipe lo había elegido como uno de sus guardaespaldas.
Llegó la tarde y todos nos encontrábamos comiendo. Puedo decir orgullosamente que me había ganado aquella comida.
Para entonces, el príncipe y Bouxird ya habían regresado hacía bastante tiempo. Bouxird poseía un tipo de magia muy peculiar. Prácticamente solo los de su raza podían utilizarla: magia de gravedad. Sin embargo, aún seguía perfeccionándola, ya que por ahora solo podía realizar ciertas técnicas y efectos.
Nuestra misión consistía en esperar a que los preparativos quedaran listos. El portal de teletransportación era importante, pero aún más importantes eran las ballestas gigantes y la expansión del campamento de vigilancia.
Los alrededores de la cordillera eran realmente hermosos. La naturaleza lo cubría todo, con árboles altos, césped de un verde intenso y flores de muchos colores. Sin embargo, no muy lejos de allí comenzaba el territorio del Reino Broam, el eterno rival de nuestro Reino.
Y justo entre ambos se encontraba el territorio de la Carne.
Antes aquellas tierras pertenecían a la Aldea Rata, pero terminaron siendo devoradas por los monstruos de carne. No eran criaturas débiles ni simples bestias salvajes. Eran auténticas abominaciones capaces de acabar con decenas de vidas.
La Carne había sido una plaga durante años. Una amenaza que seguía extendiéndose poco a poco.
Y aun así, en lugar de unir fuerzas para enfrentarla, ambos reinos continuaban peleando entre sí.
Entonces me dio por observar la puesta de sol. Me senté.
Con el cielo completamente despejado, la vista era preciosa. Los tonos anaranjados y rojizos cubrían la cordillera mientras las sombras comenzaban a alargarse.
Fue entonces cuando noté una pequeña silueta en el horizonte. Fruncí el ceño y la silueta fue creciendo poco a poco. Y entonces apareció otra y otra más.
Mi corazón dio un vuelco. Eran dragones.
Mierda.
Me levanté de golpe, derramando parte de la comida.
—¡Dragones! ¡Vienen dragones!
Comencé a gritar con todas mis fuerzas mientras señalaba hacia el cielo. Algunos soldados voltearon de inmediato, pero muchos seguían sin comprender qué ocurría.
Necesitaba llamar la atención de todo el campamento.
Junté ambas manos e intenté concentrarme.
La magia comenzó a acumularse lentamente. Reuní fuego en una mano y aire en la otra. Sentí el calor recorriendo mis dedos mientras el viento se arremolinaba alrededor de mis brazos.
—Vamos... vamos...
Cuando la mezcla estuvo lista, lancé el hechizo hacia el cielo. Una esfera de fuego salió disparada a gran velocidad.
Un instante después explotó en el aire acompañada de una potente onda expansiva. El estruendo resonó por toda la cordillera.
Ahora sí, nadie podría ignorarlo.
Con todo el campamento alertado, la movilización fue inmediata. Los soldados corrieron por sus armas y escudos, ocupando sus posiciones previamente asignadas. No era la primera vez que se enfrentaban a una emergencia. Poco después aparecieron Elidron, Bouxird y Reiny.
La primera línea estaba formada por escuderos. Detrás de ellos se encontraban los soldados, y hasta el final permanecíamos nosotros, los magos y combatientes de apoyo.
Debido a la presencia del príncipe Elidron, todos parecían especialmente tensos.
Los dragones estaban cada vez más cerca, ya podían distinguirse con claridad. El más grande era un dragón rojo y a su alrededor lo acompañaban dragones más pequeños, aunque había algo extraño en ellos. No lucían como crías ni como dragones jóvenes.
Brillaban. Brillaban demasiado. Como si en cualquier momento fueran a explotar.
—Señor, las ballestas aún no están preparadas. No podremos utilizarlas —informó un soldado al llegar junto al príncipe.
Elidron chasqueó la lengua.
—Tsk.
Su mirada permaneció fija en el cielo durante unos segundos.
—Muy bien. Escuchen todos.
Su voz se alzó por encima del ruido del campamento.
—No rompan la formación bajo ninguna circunstancia. Los magos comenzarán a lanzar proyectiles de inmediato. Quiero fuego constante sobre esos objetivos.
Los soldados asintieron.
—Los sanadores permanecerán en la retaguardia. No quiero que se expongan.
Luego dirigió la mirada hacia Reiny.
—Reiny, derriba todo lo que puedas antes de que toquen tierra.
—S-sí.
Con aquellas órdenes, todo el campamento comenzó a moverse.
Mi trabajo era sencillo solo tengoque permanecer junto a Elidron y protegerlo.
Los magos empezaron a lanzar proyectiles. Esferas de fuego ascendieron hacia el cielo e impactaron contra los dragones. Pero apenas parecían afectarlos.
Entonces aparecieron enormes lanzas de hielo, estas salieron disparadas a gran velocidad. Algunas fallaron y otras impactaron de lleno.
Las criaturas más pequeñas comenzaron a caer una tras otra.
—Bien hecho, Reiny —murmuré.
Pero aquello no era suficiente, los pequeños dragones seguían acercándose y no paraban de aparecer. Eran demasiados y era una vista aterradora.
Decenas de aquellas criaturas rodeaban al enorme dragón rojo mientras avanzaban directamente hacia nuestra posición.
Muchas cosas pasaron por mi cabeza, pero todas desaparecieron cuando una enorme sombra cubrió el campamento.
Levanté la mirada y sobre nosotros se había formado una gigantesca nube gris. No recordaba haber visto una nube así hacía unos instantes.
Dentro de ella resonaban constantes estruendos, como si una tormenta estuviera atrapada en su interior. El viento comenzó a soplar con fuerza. Algunas gotas de lluvia cayeron sobre mi rostro y mi cabello.
Fue entonces cuando lo vi, era aquel hombre de la túnica elegante. Este permanecía de pie detrás de los demás magos, con ambas manos extendidas hacia el cielo.
El viento giraba a su alrededor.
No. Él estaba controlando el viento.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Aquello no se parecía en nada a la magia que yo conocía. La nube siguió creciendo y los rayos comenzaron a iluminar su interior.
Y entonces ocurrió. Un estruendo ensordecedor sacudió toda la cordillera. Un relámpago descendió desde la nube e impactó directamente contra el enorme dragón rojo.
La explosión de luz fue tan intensa que tuve que cubrirme los ojos. La onda de choque se extendió por el cielo. Y afortunadamente muchos de los pequeños dragones fueron alcanzados y cayeron envueltos en humo.
Pero el dragón rojo soltó un rugido. No. Aquello fue más que un rugido. Fue una mezcla de dolor, rabia y furia.
Cuando volví a observarlo, pude distinguir grandes marcas ennegrecidas sobre sus escamas, pero seguía volando y cada vez estaba mas cerca. Mucho mas cerca.
Tragué saliva.
—¿Quién es ese hombre...? —murmuré.
No podía apartar la vista de él. Era alto y fornido. Su largo cabello rubio se agitaba con el viento mientras controlaba aquella tormenta como si fuera algo completamente normal.
¿Qué clase de mago podía hacer algo así? Jamás había presenciado una magia tan increíble.
Aun así, el dragón ya estaba demasiado cerca. Abrió sus enormes fauces y comenzó a acumular fuego en su interior. El calor podía sentirse incluso a la distancia.
—¡Todos, acérquense! —ordenó Elidron.
Yo ya sabía lo que tenía que hacer.
Respiré hondo y aparté todo lo demás de mi mente. No pensé en los dragones ni en el miedo. Solo pensé en la barrera.
Sentí cómo la magia comenzaba a fluir por mis brazos y concentrarse en mis manos. Era mucha más de la que solía utilizar. Cuando estuvo lista, extendí ambos brazos hacia el frente y una enorme barrera translúcida surgió delante de nosotros, expandiéndose hasta cubrir a soldados, magos y trabajadores.
El dragón no esperó. Su aliento de fuego descendió como una marea ardiente y el impacto fue potente. Toda la barrera tembló. Sentí la presión recorrer mis brazos mientras el fuego chocaba constantemente contra mi magia, intentando abrirse paso.
Apreté los dientes. No podía ceder.
Pequeñas grietas comenzaron a aparecer en la superficie de la barrera. Inmediatamente canalicé más magia para repararlas. Una desaparecía y otra surgía en un lugar distinto. El calor era insoportable y mis manos empezaban a doler, pero seguí resistiendo.
Hasta que finalmente el aliento del dragón se detuvo. Las llamas desaparecieron. La presión se esfumó. Mis piernas temblaron, pero la barrera seguía en pie.
Todos estaban vivos y fue gracias a mí, pero era muy temprano para celebrar.
El dragón, sin detenerse ni un instante, impactó de lleno contra mi barrera. El golpe fue tan brutal que la rompió por completo. La mayoría logró apartarse a tiempo para no ser aplastada, pero algunos no tuvieron tanta suerte y quedaron tendidos en el suelo sin vida.
Además del dragón, muchas de aquellas pequeñas criaturas también llegaron hasta nosotros. Estábamos en un verdadero aprieto.
Por fortuna, todos conocían el protocolo de combate para este tipo de situaciones. No había tiempo para discutir ni reorganizarse. Teníamos un dragón frente a nosotros.
Dentro de nuestros planes de batalla existía una regla muy clara: proteger al príncipe. Sin embargo, eso no significaba que Elidron permaneciera al margen del combate. Al contrario, lucharía junto a nosotros.
En esta ocasión, Elidron, Bouxird, Reiny y yo nos encargaremos del enorme dragón rojo.
Mientras tanto, el resto de los soldados combatía a las criaturas más pequeñas bajo el mando de aquel misterioso hombre de la túnica elegante, quien era, aparentemente, el más fuerte de entre ellos. El Reino de Grom valoraba la fuerza por encima de cualquier otra capacidad.
La batalla comenzó y el príncipe empezó a canalizar su poder. Era diferente a la magia.
Se trataba de un poder que únicamente poseía el heredero del Reino, una fuerza que había pasado de generación en generación desde tiempos antiguos.
De su cintura desenfundó la empuñadura de una espada. Sin embargo, no había hoja alguna unida a ella.
Entonces ocurrió. Un humo rojo comenzó a emanar de su cuerpo. Una intensa aura carmesí lo envolvió y permaneció flotando a su alrededor, como si estuviera viva.
Acto seguido, varios soldados de la retaguardia sacaron pequeños cuchillos y realizaron cortes superficiales en las palmas de sus manos. La sangre que brotó no llegó a tocar el suelo.
Se movía como si tuviera voluntad propia y toda aquella sangre comenzó a dirigirse hacia Elidron.
Sentí un escalofrío. Ese era el poder de la bestia que habitaba en su interior.
La espada sin hoja empezó a absorber aquella sangre. Poco a poco, una hoja roja comenzó a tomar forma frente a mis ojos. Hasta convertirse en una espada completa.
Una espada de un rojo intenso, bastante hermosa y aterradora al mismo tiempo.
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