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Milikath, la pequeña hechicera - Parte 4

Jun 16, 2026

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Milikath  la pequeña hechicera -  Parte 4

Descargamos todo lo que pudimos, algunos suministros y herramientas de trabajo. De reojo me asomé a una de las cajas y vi unas piedras muy bonitas, parecían valiosas.

Los higun aún podían seguir avanzando, pero debido a las pendientes decidimos dejar atrás el carruaje de madera. Solo cargamos aquello que podíamos transportar nosotros mismos.

El campamento se encontraba más adelante del camino, oculto entre las montañas. Entonces Elidron empezó a explicarnos una parte importante de la misión. Debíamos instalar un puesto de vigilancia y, una vez allí, construir una baliza mágica gigante. Para eso eran los cristales. Todo tenía la finalidad de mantener vigilada la zona en caso de que aparecieran tropas del Reino rival y decidieran atacar por aquel punto tan vulnerable.

En ese momento, a la distancia, vimos pasar un dragón volando a gran velocidad. Ver mi primer dragón fue algo impresionante. Nunca había visto uno y lo imaginaba muy diferente.

—Debemos darnos prisa —dijo Elidron, con cierta preocupación en la voz—. Cuando los dragones vuelan cerca, es muy probable que ya nos hayan visto.

Continuamos avanzando a un ritmo constante. No podíamos apresurar a las criaturas de carga, los higun. De cierta manera, sentía mucha curiosidad por aquel dragón, ya que la información sobre ellos era escasa. Muy pocas personas veían un dragón y vivían para contarlo.

Del poco conocimiento que se tenía sobre los dragones, se sabía que podían vivir durante siglos, aunque nadie conocía realmente cuántos. Siempre coexistían en manadas, nunca vivían solos. Pero, a pesar de ser seres inteligentes, no existía información que indicara que pudieran comunicarse con otras razas, hablar o siquiera tener un lenguaje propio. Ni siquiera mediante magia habían intentado hacerlo.

Los dragones parecían pensar bien antes de atacar. Si veían que la victoria no estaba asegurada, simplemente se retiraban y no volvían a intentarlo. Más allá de eso, existían muchas variedades, pero el color de su piel, gruesa como la roca, solía indicar el elemento que dominaban. Aquel era un dragón azul, así que seguramente su aliento sería de hielo o electricidad.

Perdida en mis pensamientos, vi cómo el dragón volvía a volar muy cerca de donde nos encontrábamos. Pero esta vez sus intenciones eran claras.

De repente, aquella enorme criatura descendió un poco sobre la cordillera y se mantuvo suspendida en el aire. Su mirada apuntaba directamente hacia algo.

Hacia nosotros.

Se sentía el peso de aquellos ojos penetrantes. Nos observaba como si fuéramos inferiores.

De su boca comenzó a acumularse algo. Era magia de tipo eléctrico. Los rayos que se generaban escapaban involuntariamente entre sus colmillos y algunos impactaban cerca de nosotros, abriendo pequeños cráteres en la roca.

Yo seguía inmóvil.

Me había quedado paralizada por el miedo, atrapada en la sensación de que iba a morir.

—¡Milikath!

Alguien gritó mi nombre y reaccioné apenas a tiempo. Inmediatamente levanté una barrera protectora de magia. En el mismo instante en que la conjuré, el dragón lanzó su proyectil mágico a una velocidad aterradora.

El impacto se sintió hasta los huesos.

La barrera logró contener aquella enorme esfera de electricidad, pero empezaba a agrietarse. Levanté ambas manos y vertí más magia en ella para reforzarla.

Aun así, las grietas seguían extendiéndose poco a poco.

Mierda, no va a resistir.

De repente, empecé a sentir frío y seguía aumentando. Cada vez más, era Reiny.

Su magia de hielo comenzó a extenderse por los alrededores. La escarcha cubrió el suelo, las rocas e incluso parte de nuestros cuerpos. Sin embargo, la barrera empezó a reforzarse. El hielo se formaba sobre las grietas y las sellaba antes de que pudieran seguir expandiéndose.

Por primera vez desde que el ataque había impactado, sentí que tal vez podríamos resistir.

La magia de Reiny era bastante potente. Sobre la barrera comenzó a formarse una enorme cantidad de hielo. Este se rompía constantemente, pero de inmediato brotaba más, como si estuviera vivo.

Cada vez aparecía más hielo, más resistente y compacto. Hasta que terminó formando un enorme pilar que desvió de golpe la esfera del dragón, enviándola hacia el cielo. La masa de energía siguió ascendiendo hasta explotar a lo lejos.

El dragón continuó observándonos con aquella mirada intimidante. Permaneció unos instantes suspendido en el aire, como si estuviera evaluándonos.

Pero no hizo nada más, simplemente se dio la vuelta y se alejó volando.

Mis piernas seguían temblando. No pude más y me derrumbé en el suelo. El impacto había sido tan fuerte que aún sentía las vibraciones recorriendo mi cuerpo.

—Pensé que estábamos muertos... —murmuré.

Elidron observó el cielo unos segundos antes de bajar la mirada hacia nosotros.

—¿Alguien está herido?

—N-no... —respondió Reiny.

Bouxird soltó el aire que llevaba conteniendo.

—La próxima vez que vea un dragón, voy a correr.

Elidron soltó una pequeña risa.

—Si haces eso, lo más seguro es que termines frito antes que nosotros.

Por primera vez desde el ataque, todos nos reímos un poco. Después de unos minutos para recuperar el aliento, retomamos el camino.

Lo primero que hicimos fue buscar a los higun que, al ver al dragón, habían huido. Para nuestra fortuna, se encontraban más adelante, descansando tranquilamente. El campamento aliado ya podía verse a la distancia, por fin estábamos cerca.

Caminamos alrededor de una hora y finalmente llegamos.

Entonces noté que una de las manos de Reiny estaba sangrando. Tal vez se había lastimado al utilizar tanta magia de hielo.

Elidron tomó una caja grande que transportaban los higun y la llevó hacia donde se encontraban los demás soldados y un hombre con una túnica elegante. Tal vez era un noble o algún general.

—Bouxird, te encargo la otra caja, por favor.

Ambos se llevaron las cajas y yo me quedé sola con Reiny.

—Oye... Reiny, muéstrame tus manos.

Lo dije preocupada. La sangre seguía cayendo lentamente, así que era evidente que estaba herido.

Reiny desvió la mirada, algo avergonzado.

—Estoy bien...

—Reiny.

Tras unos segundos de silencio, terminó extendiendo las manos.

Las heridas eran superficiales, pero seguían abiertas. Sin decir nada, intenté recordar mis clases de magia básica y comencé a curarlas.

La magia era algo extraña. Muchas veces se sentía en las yemas de los dedos de quien la recibía. A veces provocaba dolor, otras una sensación desagradable. Pero, como ocurría ahora, también podía sentirse cálida y reconfortante, como un alivio que recorría el cuerpo.

—No vuelvas a mentirme, ¿de acuerdo?

—E-está bien...

Una vez terminé, fui a ver cómo iban los demás con los preparativos.

Entonces noté que aquel hombre de la túnica elegante estaba dibujando un círculo bastante extraño en el suelo. Lucía muy sofisticado, lleno de símbolos y patrones complejos. Honestamente, no reconocía ninguno de ellos.

Cuando terminó de trazarlos, tomó los cristales que habíamos transportado y los colocó en puntos específicos del dibujo. Después comenzó a imbuirlos con magia.

Los cristales empezaron a brillar de una manera muy hermosa, iluminando todo a su alrededor.

Al parecer, ya estaba listo. Era un portal de teletransportación.

Un avance que el Reino mantenía en secreto y que, a mi parecer, resultaba extremadamente útil.

Elidron y Bouxird parecían emocionados. Yo, de cierta manera, también lo estaba, pero el viaje había sido tan largo que lo único que quería era dormir.

Y eso fue exactamente lo que hice en cuanto nos dieron permiso de descansar.

Desperté muy temprano, ya bastante recuperada. De cierta manera, extrañaba el ruido del segundo ensanche. Me arreglé como pude y salí de mi tienda. Lo primero que hice fue buscar dónde prepararme un buen café. No pensaba romper mi rutina diaria ni siquiera tan lejos de casa.

Mientras tomaba mi café, observaba a los soldados cargar troncos y herramientas. Estaban construyendo algo.

Me acerqué por curiosidad y descubrí que armaban una ballesta gigante. Sin duda, un disparo de aquella cosa sería capaz de derribar a un dragón azul. Perdida en mis pensamientos, alguien me habló de repente y el susto hizo que derramara parte del café.

—Lo lamento, no quería asustarte.

Era el príncipe Elidron.

—N-no... no se preocupe.

Por alguna extraña razón siempre me quedaba sin saber qué responder cuando estaba cerca de él.

Elidron sonrió levemente.

—Bouxird y yo estaremos practicando esgrima. Por si ocurre algo, estaremos en la zona de entrenamiento del campamento. Reiny sigue en su tienda descansando.

Yo solo asentí con la cabeza mientras el príncipe se alejaba.

Odio esta sensación que aparece cada vez que lo veo. Bueno... tal vez no la odio tanto.

Desde que lo conocí, me enamoré perdidamente.

Al principio pensé que solo me atraía físicamente, que simplemente se me hacía lindo. Pero conforme lo fui viendo e interactuando con él como su guardaespaldas real, me di cuenta de la maravillosa persona que era.

Desde un principio supe que tal vez terminaría olvidándolo, como tantas otras cosas que me habían pasado. Pero ese sentimiento permaneció.

Tal vez lo que más odio de todo esto es que nunca pude ser yo misma cuando estaba cerca de él. Nunca pude hacer bromas o algún comentario gracioso.

No porque temiera incomodarlo o porque quisiera forzar que me prestara atención.

Era peor que eso.

Me ponía tan nerviosa que apenas podía hablar o responder.

Siempre lo supe.

Y aun así seguía doliendo.

Lo único que pude hacer fue observar cómo su espalda se alejaba poco a poco y pensar en todas las grandes cosas que le esperaban en el futuro. En la persona que algún día amaría.

Esa persona no sería yo.

Solté un suspiro y terminé el resto de mi café.

Tal vez debería ir a buscar a Reiny y practicar magia juntos.

Banana Mongola

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