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Milikath, la pequeña hechicera

Mar 27, 2026

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Mi casa me trae buenos recuerdos, mis dibujos, las cartas que les hacía a mis primas que se mudaron. Todo me da nostalgia, incluso mi cuarto sigue exactamente igual a como lo dejé. Sin duda… tengo unos padres maravillosos.

A pesar de mis dudas, ellos siempre estuvieron ahí, apoyándome en cada decisión, fuera correcta o no. Los amo mucho.

—Milikath, ven rápido antes de que se enfríe —se escuchó la voz de una mujer.

Milikath va deprisa hacia la cocina, donde su madre y su padre ya estaban almorzando.

—Aunque ya estás grande, sigues siendo impuntual —dijo su madre algo molesta mientras comía.

—No la molestes, recuerda que ya no es nuestra pequeña, ahora tiene obligaciones importantes —interrumpió su padre.

Milikath, sin decir nada, hizo un puchero y comenzó a comer. Sin duda, era algo que había extrañado durante todos esos años lejos de casa.

Se había marchado a los quince años, cuando fue elegida como candidata para servir directamente al Reino, algo considerado de lo más glorioso que alguien del Reino Grom podía alcanzar, ya que la casa real era lo más importante.

Lixguard Aldervane era el actual rey del Reino Grom, y, por supuesto, estaban los posibles herederos al trono, siendo cuatro príncipes en total. Entre ellos destacaba el Príncipe Sanguinario, quien era el más fuerte de todo el Reino. En Grom se valoraba enormemente la fuerza y la habilidad que cada habitante pudiera ofrecer, no importaba si vivías en el primer ensanche, en el segundo o en el tercero.

Tampoco importaba si tu familia era decente o delincuente. Mientras fueras fuerte y leal al Reino, eras recompensado con el título de caballero del castillo y del reino.

Pero, si querías servir directamente a los príncipes, tenías que superar un arduo entrenamiento que duraba seis meses, donde eras sometido a toda clase de pruebas de habilidad, fuerza, agilidad y, por supuesto, compañerismo. Por fortuna, pude superarlas y fui seleccionada por uno de los príncipes.

—Oye, Milikath —de repente, la voz de su madre interrumpió sus pensamientos—, ¿qué no ibas a encontrarte con Bouxird hoy para su reunión?

—Mierda, lo olvidé.

Se levantó rápidamente de la silla, empujando un poco la mesa, pero sin tirar nada, y fue directo hacia su mochila, donde guardaba sus pertenencias.

—¡Oye, nada de malas palabras, niña!

Tan rápido como pudo, Milikath salió de su casa, se despidió de sus padres y se puso en marcha.

Las calles y casas del segundo ensanche no eran la gran cosa, pero resultaban bastante cómodas y seguras en comparación con el tercer ensanche. Aun así, todos amaban al actual Rey y a sus hijos, ya que, gracias a ellos, podían vivir en paz. Su gran fuerza militar, capaz de enfrentarse a otros Reinos para defender las tierras, era algo que todos los habitantes agradecían.

Aunque no todos tenían riqueza, se esforzaban por trabajar en el segundo ensanche. Había quienes cargaban alimentos para los grandes mercados, otros daban mantenimiento a las fachadas de las casas o las reparaban.

Gracias a las monedas, cualquiera podía comprar lo que deseara si se esforzaba lo suficiente, aunque no todos los trabajos eran igual de bien pagados y solo unos cuantos eran afortunados. Y, por supuesto, los del primer ensanche eran los mejor remunerados.

Las calles por las que caminaba Milikath eran anchas. A ambos lados se encontraban casas de un solo piso, sencillas pero acogedoras, hechas de piedra con techos de lámina. Las puertas variaban de color dependiendo del tipo de árbol del que estaban hechas. Eran viviendas perfectas para familias de tres integrantes, aunque algunas pocas eran más grandes.

El suelo estaba formado por rocas de distintos colores bien compactadas, permitiendo que todos caminaran sin dificultad. El destino de Milikath era la fuente del segundo ensanche, un lugar conocido por la gran actividad de sus habitantes. Desde temprano se colocaban varios puestos que vendían verduras, carne, comida y una que otra baratija.

Justo en ese lugar yacía esperando su compañero, un chico muy peculiar. Tenía la piel muy pálida, casi como de porcelana. En sus hombros sobresalían picos que parecían muy filosos. No era muy alto y era bastante delgado, sus ojos eran negros y algo grandes, y su nariz pequeña y puntiaguda. En lugar de cabello, le sobresalían picos que se curvaban hasta tocar su cabeza.

Su nombre era Bouxird. La razón por la que lucía tan extraño era porque pertenecía a una raza totalmente única, o al menos eso parecía, ya que no había nadie más como él y su madre. Eran los únicos de su especie en el Reino.

—Llegas tarde de nuevo —con una expresión bastante seria se lo dijo a Milikath.

—¡Lo siento!, se me hizo tarde otra vez, jajaja —fue su intento algo vago de disculpa, pero para su compañero funcionaba.

—Vamos, nos esperan.

—¡Sí!

Ambos continuaron el camino, dejando atrás la fuente, que ya se encontraba muy animada con vendedores y compradores. Durante el trayecto, muchos saludaban a los dos, la mayoría los conocía y otros simplemente por portar el uniforme de guerreros del Reino.

Bouxird, a primera impresión, parecía alguien enojado todo el tiempo, pero en realidad era muy serio. Al ser su compañera, Milikath ya estaba acostumbrada. La verdad es que le debía la vida, durante los seis años de entrenamiento se conocieron y, si no fuera por su ayuda, no estaría ahí. Por supuesto, ella también lo había ayudado, así que era un compañerismo mutuo.

Su madre era similar a él, bastante seria e incluso podría decirse que daba un poco de miedo, tal vez por las discriminaciones que sufrían, o quizá por vivir en el tercer ensanche, que, aunque no está mal, suele ser un lugar difícil. Al estar sola, le resultaba complicado conseguir trabajo.

Por eso su hijo entró al arduo entrenamiento para poder convertirse en compañero de alguno de los príncipes, y lo logró.

Bouxird era bastante habilidoso con la espada y poseía una magia que nadie más en el Reino tenía, por eso le tenía algo de celos. Con el tiempo, la variedad de razas entre los habitantes se fue unificando, al ser un Reino que apreciaba a todos por igual, no había discriminación por razas.

Algunas eran bastante fuertes, nacían con habilidades únicas e impresionantes. Además, no todos los climas eran aptos para todos, por lo que solo tres razas se mantenían dominantes en el Reino Grom. Una de ellas eran las brujas de Lyriana, a la cual yo pertenezco.

Las brujas de Lyriana son conocidas por su habilidad única para predecir el futuro. Hace mucho tiempo, algunas no estaban de acuerdo, por lo que decidieron separarse, dividiendo así a las pocas integrantes de esa raza y, a la vez, extendiéndose hasta volverse más numerosas.

Aunque, claro, dudo mucho que después de tanto tiempo alguien llegue a tener esas habilidades que mencionaban, o al menos yo no. Pero lo que sí tenemos la mayoría es una facilidad para utilizar la magia elemental.

—Oye —dice Bouxird, interrumpiendo sus pensamientos de nuevo—, ¿no se te olvidó nada, verdad?

—¿Eh? No, traigo todo —sonríe levemente.

Ambos pasan al primer ensanche, los tres ensanches estaban divididos por grandes murallas que daban unas cuantas entradas y salidas, todo esto para mantener el control. Aun así, lo más protegido eran los accesos del primer ensanche, ya que los ricos solían ser bastante quejumbrosos.

Lamentablemente, aún había muchas casas que no estaban del todo contentas con la casa real, ni con el heredero del poder del Reino.

La revisión para ellos no aplicaba de la misma manera, al ser guerreros del Reino pasaban casi directamente, debido al puesto tan importante que ocupaban.

Al cruzar el primer ensanche, era como estar en un mundo completamente distinto. Había mansiones, no casas sencillas, sino enormes construcciones que no escatimaban en decoraciones y fachadas. Todas estaban delimitadas por vallas, por lo que las calles eran más pequeñas, aunque el suelo era más elegante, no eran rocas comunes, sino grandes losas bien colocadas.

No había nadie, o casi nadie, en las calles del primer ensanche, algo normal, ya que todos estaban en el gran palacio.

Nos apresuramos y por fin llegamos al palacio, pero ahí estaba mi peor enemigo, las escaleras.

—Date prisa, no tenemos todo el tiempo —dice Bouxird mientras sigue subiendo.

—Ya lo séeeeeee, solo admiraba la gran belleza del palacio —dice Milikath con un tono burlón.

Las escaleras para llegar al trono del palacio eran enormes, comenzaban desde la calle y ascendían directamente hasta él. Al final, dos gigantescas puertas se imponían con su espectacular madera de alta calidad, adornadas con hermosos diseños que representaban un mar con un barco.

Tan solo la sala del trono era enorme, pero el castillo lo era aún más. Aun así, nuestro destino era ir directamente al trono.

Al llegar al vestíbulo, se encontraban todos los guerreros personales de los cuatro príncipes. En total eran seis, que, al igual que nosotros, habían superado las pruebas del entrenamiento. No recordaba todos sus nombres, pero sí sus rostros. Lucían bastante serios, como siempre, excepto uno, Reiny.

Reiny se encontraba en una situación similar a Bouxird, pertenecía a una raza de la cual no había nadie más. A diferencia de él, la raza rata era un poco más común en el Reino. Esto se debía a que la Aldea Rata estaba maldita, o eso decían las historias. La carne afectaba únicamente a los suyos, convirtiéndolos en monstruos realmente aterradores.

Sin duda, la carne era algo extraño y perturbador. Iba creciendo, extendiéndose y acabando con todo y con todos. Los principales afectados eran ellos, la Aldea Rata.

Pero el Reino Grom rescató a unos cuantos, claro, solo los más fuertes realmente destacaron y fueron acogidos, como fue el caso de Reiny.

Él estaba separado de los demás, incluso de su compañero. Era similar a un roedor, pero de nuestra altura, algo rechoncho y caminaba en dos patas. Vestía la misma ropa característica del Reino. A pesar de estar en una situación similar a la de Bouxird, no era lo mismo para él. La raza rata era muy discriminada, precisamente por su supuesta maldición.

—¡Hola! —hago un gesto con la mano para saludar a Reiny.

Él, tímidamente, responde con un gesto de manos. Me acerco junto a Bouxird.

—Qué bueno volver a verte, Reiny.

Sigue algo nervioso, jugando con sus manos y mirando hacia la puerta del trono.

—Me… me parece que estamos en un aprieto —dice Reiny, tímidamente.

—¿Eh? ¿Por qué lo dices? —lo detiene Bouxird.

—Mi príncipe estaba algo molesto porque me asignaran temporalmente con ustedes dos.

—¿De verdad? ¿Por qué razón? Aunque me alegra que, entre todos, seas tú —Milikath hace un gesto de desagrado y mira sutilmente hacia donde están el resto de guerreros.

—Será una misión para despejar el terreno de la cordillera de los Dragones Azules, con el propósito de ganar terreno en las alturas y defender mejor esa zona del Reino.

—Nunca he luchado contra un dragón —la voz de Milikath sonaba un poco asustada, con una angustia que aparecía sutilmente.

—No te preocupes, estaremos en la retaguardia, al ser magos nos requieren como apoyo.

—¿Pero solo seremos nosotros tres? —pregunta Bouxird.

—No, bueno… no lo sé, pero estoy seguro de que pronto lo descubriremos.

En eso, una voz fuerte y clara interrumpe el murmullo de los guerreros en el vestíbulo.

—Escuchen todos, se les concede el honor de pasar al trono en presencia de su majestad, el Rey.

Era uno de los nobles importantes del Reino. Todos obedecieron y avanzaron por las enormes puertas de madera.

Al entrar a la sala del trono, siempre me impresionaba la vista, grandes pilares decorados con cortinas rojas, en el suelo una hermosa alfombra texturizada del mismo color. El piso estaba hecho de losas que brillaban con un blanco realmente hermoso. La iluminación provenía de lámparas en el techo, de un material que resplandecía e iluminaba todos los rincones del gran salón.

Y, por supuesto, estaba el trono, junto con los de los príncipes, que imponían demasiado con solo mirarlos.

El Rey se encontraba en el trono del centro, a su izquierda el príncipe Eldric, el mayor, luego le seguía Aldric. Lorian, el tercer hijo, estaba a su derecha y, por supuesto, Elidron, el famosísimo Príncipe Sanguinario, quien heredó el gran poder del Reino Grom.

Banana Mongola

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