Todos los años pasa lo mismo. Me pregunto si estoy rota otra vez, como si la respuesta me fuera a sorprender. Al final del invierno mi cuerpo cambia y tengo que aceptar la verdad tajante de que siempre lo va a hacer. Es una especie de ritual a este punto: esconder el espejo atrás del modular, contar las comidas que me quedan por mascar, recordar que no hay nada mal en comer, que es parte de existir y que no me va a matar.
Como todos los años, eso destruye lo cotidiano, le tengo miedo al sexo y al roce de la ropa en mi piel. El primero me recuerda que no controlo cómo me ve el otro, y el segundo me señala la simple existencia de mi cuerpo, el cual me aterra tener.
Trato que el corte filoso de mi propia vanidad no destruya lo que vengo construyendo. Día tras día intento pensar en lo mejor que podría pasar, en la versión de mí que no me daría vergüenza ser, en cómo lograr ser todo y más. Día tras día me decepciona que esos sean todos mis pensamientos. Me da más pudor que mi cabeza esté plagada de odio y miedo, que el cómo me veo.
Espero que quien me ame nunca me reconozca como lo suelo hacer yo, pido al cielo que en sus ojos sea mejor, que tengan una imagen de mí que me puedan compartir y que destrone a la que vive en mi interior desde que nací. A cada falla le asigno una inseguridad. Cada parte de mí está atada por hilos que cualquiera, en cualquier momento, puede cortar. Me vuelvo frágil en las manos de los demás, como si el cristal que intento alejar fuera lo único que me mantiene parada, erguida ante la calamidad.
Me fallo a mí misma como todos los años. Las hojas dejan de caer para que lo haga yo, les apena compartir lugar en el barro. Como todos los años me arrastro a mi escondite eterno, entre la angustia y la penumbra que me impide ver quién realmente soy. Alejo las manos ajenas a mi cuerpo para reemplazarlas por las propias, que pinchan y agarran y estiran y tiemblan en un baile interminable de dolorosas expresiones.
Todos los años pasa lo mismo, y yo solo puedo esperar a que llegue la primavera, con su calidez y su ternura, a abrazarme una vez más.
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