Despierto en el suelo de una tienducha apenas diferenciable de la calle de tierra y arena. Me tomo un vaso de gritos de sapo y creo que ya estoy listo para mi primer bichito del día. Delicioso. Lo siento aletear en mi estomago y volver a salir por mi boca, hoy será otro día de hambre. Saludo al despeinado que atiende en el mostrador, le pregunto cuánto me valió alquilar por la noche y me responde que es tres con cincuenta. Para el que venga de occidente, acá se lee de derecha a izquierda así que serían cincuenta y tres dólares. Antes de que pueda yo pagarle, se saca una bolsa de monedas del orto y la ofrece si accedo a una misión secundaria: soplarle tierra de la calle a la tienducha siguiente, principales competidores en la venta de Bienes y Servicios™. Al piso vuelvo y me pongo a soplar. Así pasaron 40 días y 40 noches hasta que la tienducha vecina quedó hecha una duna. Recogí mi recompensa de monedas, tres con cincuenta. Voy a poder dormir una noche más en la bella Singapur.
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