Después de incontables crepúsculos, hoy fantaseé con asesinar a mi musa.
Le di el papel principal en mi miserable obra abstracta: hermoso, con el mejor vestuario, cantando por los jardines de mi melancolía.
Gozó de banquetes infinitos; ángel pecador, comió hasta el cansancio.
Le escribí mis poemas más delicados y mis canciones más puras.
Pinté su cuerpo desnudo en mis sábanas favoritas.
Al final, cada creación mía terminaba siendo suya.
Ángel hermoso, deseo matarte.
Quiero fijarte en mi lienzo definitivo.
Ningún otro artista podrá poseerte: ignoran tu poder, desconocen tu forma.
Jamás sabrán retratarte como yo.
Oh, ángel caído, no llores.
Prometo que no sentirás dolor.
Mírame una última vez. Sabes bien que esto no lo empecé yo: abandonaste la película, quemaste tu ropa, rompiste los platos, mis poemas, y vendiste las sábanas.
Fuiste —y serás— mi obra más grande.
Mi rebelde inspiración.
Ahora yaces en el suelo; tu sangre se mezcla con mis lágrimas de acuarela.
Pinto mis paredes con tu ausencia, me acuesto con tu traición y beso tu recuerdo.
Otra vez tuya, mi última obra.
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