Mi pequeño pajarito
lo he visto, lo he visto
posado sobre las rosas de mis ojos.
Canta, canta,
sobre los sonetos de mi soledad;
pájaro solemne que esquiva las avispas
y se atreve a rozar mis manos temblorosas.
Es pájaro.
Es mariposa.
También es jaula:
el pájaro que nunca voló,
la mariposa que nunca salió de su crisálida.
Oh, mariposa…
No sé cómo serán tus alas,
ni cómo se moverán tus antenas.
¿Serías azul, roja, naranja?
Quizás cualquiera
y nunca lo sabré.
Te posas en mi dedo.
Te me elevas entre los dedos,
pequeña, inmensos ojos…
y yo me hago pequeña también,
para que puedas volar.
¿Te veré mañana
si abro las ventanas con vergüenza?
¿Llegarás, como soplo,
a secar con tus alas mis labios?
¿Te posaras de nuevo en mi dedo?
Pero en el suelo te tengo
aplastada,
sin mirarme.
Porque fui ciega y te pisé.
Porque fui sonsa y no te busqué.
No me odies, pájaro.
No me odies, mariposa.
No los amé lo suficiente.
Ni siquiera sé si los quise
más allá del miedo.
Más doloroso que la vergüenza.
Más oscuro que cualquier tormenta.
No te llevé dentro de mí.
No.
Fue otra.
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