Subiste el volumen. Me miraste sin ánimos de conmoverme, pero fue imposible. Rompí en llanto porque ví todas mis traiciones.
—¡Nene! la comida.—me gritaron de abajo. Yo ya sabía que me iba a caer mal.
Abriste la ventana y saltaste al vacío. No oí nada en tu caída.
—¿Juana?— me asomé por la ventana.—¡Juana! ¿Dónde estás? ¿Dónde caíste mi amor? Yo nunca quise hacerte daño. Si tan solo supieras que, no dejas de tomar mis pensamientos, en lo más recondito de mis sueños para vaciarme el corazón. Ahora debes estar bañada en sangre, en sangre triste. ¡Juana!
Y entonces, no pude seguir hablando. Mi garganta estaba como embalsamada, llena de «algo» que no me dejaba decirte que te amaba. Intenté gritar, intenté llorar. Me apagué.
Desperté.
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