Mi nombre es cántaro.
Las manos que se embarran
para amasar la arcilla
que será cocida en
el fuego que alimentan las pasiones.
Cruda.
El espacio que contiene
el cuerpo vacío de la vasija
el sonido que se dispersa
debajo de los escenarios japoneses
para que se escuche el canto.
Eso que brilla.
Que hace eco.
Que trasciende el tiempo
que se añeja.
Que aloja memorias
a lo largo y ancho de todo su territorio
pequeño, seco.
Hueco.
Un corazón que late.
Guardas antiguas
ancestrales.
Vamos bailando
hacia el momento final
irremediable.
Liberación de la gravedad
y olvido.
Como la perspectiva de los mosquitos
o de las arañas
o de los hombres lobo, ya en peligro de extinción.
El Cántaro se entierra con el muerto.
Es una postal.
Una semilla que flota en las aguas
turbulentas de la historia de la humanidad.
Oceanica.
Semilla de agua salada para florecer mar.
Y dar frutos nocturnos
entregar al ritual una razón más de ser.
El nombre verdadero es lo que una busca
incansablemente entre tantas palabras
dichas, silenciadas, reprimidas o metaescuchadas.
Un nombre pastilla y pila
que encierra la disolución de una existencia nimia.
Soledad y silencio en la vía láctea.
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Rocío Giménez Ferradás
Hola! Soy dibujante pero las palabras son un jardin en el que refugio el pensar
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