Cuando mi mente insana delira en la incertidumbre,
consigue bloquear los malos recuerdos,
como si el delirio fuese borrado sin deseos.
Pero no sé qué plantearle a mi mente insana
para conseguir recordar cada partícula de sus ambiciones,
las más prohibidas,
las más placenteras.
Mostrarle la mordida eficaz de los malos recuerdos,
como un delirio permanente.
Aunque mi mente insana se queja poco:
quiere lo que quiere y nada ni nadie consigue evitarlo.
Se prodiga de imágenes impuras y nihilistas
que son retratos en blanco y negro,
carentes de todo
y rebosantes de nada.
Nunca verán a mi mente insana negarse ni conformarse.
Se lanza al vacío del hedonismo
y nada ni nadie la purga.
¿Para qué depurar el placer
cuando nuestra sombra en esta tierra es tan efímera?
gritándome con su mal humor de siempre
A veces, cuando mi mente insana
no consigue lo que quiere, se bloquea,
se arrastra a la esquina superior de su enfado,
se enerva,
se dilata,
se contrae,
muerde la soledad
y se apaga,
muchas veces por vergüenza,
casi nunca por maldad.
Poco dura el retiro,
la angulosa necesidad de ser el centro de un cosmos,
tan ausente de planetas como de atmósferas distantes.
Poco dura su despoblada actitud.
La impureza tiene la virtud de brillar
donde quiera que emane el calor, la humanidad.
Y mi mente insana se inflama
como el sol después de la nevada.
Se origina como la chispa antes del fuego letal,
arrasando las laderas del lejano continente.
Se apasiona,
enloquece,
se tuerce,
se elonga
y se complace,
se goza y se maravilla.
Mi mente insana sabe lo que quiere
y jamás me ha compadecido.

Yom Hernández
Aquí un licenciado en Historia, loco por la literatura que lee y escribe pertinazmente. Padre de tres libros publicados por Ed Atlantis, Ed Adarve, Ed Cuadranta.
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