En el tártaro ávido, en la divinidad hecha mujer,
no hay versos romanos que a este imperio,
le sientan de lleno; un lenguaje imposible.
Están mis monasterios confesando su adulterio,
estarán mis gárgolas merodeando tu nombre en Notre Dame.
Que se incendie el ilustre vitral a la sombra de tu cuerpo,
que sea la sangre la que corroa mi fantasía victoriana.
Dame frío, para morir en tu canto sepulcral,
dame terror, para engendrar a una gótica poeta.
Aviéntense pues, sabias campanas del destierro,
acepten pues, muelles de fuego; a todas las plagas.
Sembremos en el ocaso la liturgia del amor antiguo,
sellemos con un pacto, nuestros contratos álmicos.
Puesto que, en el tártaro ávido, donde habitamos inmortales,
nos preparamos en la danza del olvido, a sucumbir mortíferos.
Hoy somos versos romanos, mañana solo decrecientes imperios.
Somos la prueba única, del que el erotismo nos dio la vida,
y la poesía; un feliz entierro.
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