A veces te encuentro en mis sueños.
No llegas; simplemente apareces, como si siempre hubieras estado ahí. Al final de una vereda, con la mirada perdida en un cielo que parece hablarte en un idioma que nunca aprenderé. El viento juega con tu cabello y, por un instante, el mundo olvida hacer ruido.
Quisiera llamarte, pero temo que una sola palabra sea suficiente para desvanecerte. Así que guardo silencio y me conformo con contemplarte desde la distancia, donde aún es posible creer que el tiempo nunca pasó.
Las estrellas parecen reconocerte. La luna se inclina apenas sobre tu rostro, como si quisiera regalarte un beso. Hay algo en tu luz que siempre encuentra la forma de llegar hasta mí, incluso cuando despierto.
Nunca sé si eres un recuerdo, un anhelo o un sueño que se niega a desaparecer. Solo sé que, cada vez que te encuentro, en mi vida vuelve el amanecer.
Y, aun así, cada noche espero volverte a ver, mi idilio hecho hombre, el amor que parecía un poema hecho a mano, ese que un día, las luces de ese teatro acompañaron.
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