Si supiera el mundo lo que se construye al cuidar perentoriamente lo que crece de manera espontánea en los pliegues de las caricias, estoy segura que nos adjudicaríamos con mucha más vehemencia esta cuestión de estar vivxs. Pero el correr del minutero nos atropella, arremolinándonos en inconciencias compartidas con mayor o menor cariño, con mayor o menor odio y quejas. Por eso es que, para volver a la vehemencia, le rasco la cabeza a mi gata, y pronto, estaré haciendo un elogio de su existencia y el lenguaje que inventé a su medida, con el que le hablo a diario y con el que deliro que dialogamos. Porque en realidad ella sí me contesta, aunque yo sólo pueda intuir con presencia lo que me pide, que, por lo general y para sorpresa de nadie, es comida. Y anda sobre unas patitas que saben amasar la siesta al sol con un delicado vibrar de bigotes o una desfachatez de niñez abrazada. Que con una mirada de resignación constante a mis constantes abrazos y besos me recuerda que soy sólo otra Karen. Una voluntad ecuatoriana, más específicamente cuencana, que se ha visto envuelta en una odisea transcultural y de geografías múltiples debido a una incesante búsqueda de la que se hace llamar su dueña, una búsqueda que la arrastra también a mudanzas a lo largo y ancho de latinoamérica. Una gata que me salvó, sin saberlo, a pesar de que se lo agradezco en voz alta, del hastío de un mundo que no sabe.
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Rocío Giménez Ferradás
Hola! Soy dibujante pero las palabras son un jardin en el que refugio el pensar
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