Los últimos días he pensado en tomar una maleta e irme a la casita de mi infancia.
Las tardecitas en ese lugar eran un sueño. El techo era de madera y, a través de las paredes floreadas, podías ver a los vecinos pasar, dejando tras de sí sus siluetas. El piso era de lo más cómodo, pero, como la casa era chiquita, había que estar arrodillado.
A veces, mis primas venían a visitarme en mi casita. Sacaba los juegos de té para disfrutar de una rica merienda, y las galletitas eran tan deliciosas que siempre terminaban desapareciendo de los platos. Otros días, las fiestas de té eran con mis amigos La Pepona y Osito Blanco. Los días eran felices y de color rosa en mi casita de la infancia.
Era mi lugar favorito, mi refugio acogedor. Me protegía de los gritos y peleas de mis papás, que vivían al lado. Aunque las paredes parecían débiles y suaves, en realidad, eran un escudo de hierro que amortiguaba toda maldad.
Tenía cinco años cuando construí mi primera casita en mi habitación.
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