Mi alma es un cadáver que no sabe morir,
una luz que se apaga en la orilla del sueño,
una sombra que baila con la luna,
perdida en la danza interminable del olvido
un pozo sin fondo que grita con voces antiguas,
con lamentos de ángeles caídos y demonios dormidos.
Entre las sombras colgadas como espejos,
reconozco mis rostros fragmentados,
reflejos mutilados de un yo que ya no sé si habita.
Soy el eco de un dios caído,
el hijo ilegítimo de la noche y el silencio,
una sombra que se estira y se quiebra en mil pedazos,
un cadáver que baila con la luna,
perdido entre espejos que no reflejan nada,
solo el vacío infinito de un corazón deshecho.
La profecía está escrita en las grietas del espejo,
en las lágrimas que la luna derrama sobre mi piel,
en el susurro del viento que me dice que soy
la herida que nunca sanará, el fantasma que acecha
la última frontera entre la vida y la sombra.
Rezo plegarias sin dios ni redención,
invoco fantasmas para que sean testigos,
y en el abismo encuentro la verdad:
no hay salvación para quien se ha perdido a sí mismo,
solo queda danzar con la luna hasta el final,
ser el cadáver lunar que no sabe morir.
la sombra que se estira y se quiebra en el reflejo,
el grito silencioso que habita la oscuridad eterna.
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