El relato recuerda
lo que la voz dejó caer.
No como argumento,
sino como ritmo,
como una pausa leve
que cambia el sentido.
Hay frases que no se borran:
una palabra dicha más bajo,
una coma
en el lugar equivocado.
Pequeñas variaciones
que nadie advierte
pero sostienen la historia.
No se quiebran siempre.
A veces solo se inclinan.
Como una línea escrita
con la tinta apenas agotándose.
La página guarda
lo que no supimos cerrar,
lo que quedó abierto
entre un párrafo y el siguiente.
Una memoria sin fecha,
más persistente que los hechos.
Y aun cuando creemos
haber pasado la hoja,
algo insiste en leerse:
una escena que vuelve intacta,
un diálogo que respira solo.
No es recuerdo.
Es una narración
que sigue ocurriendo
en voz baja.
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