Sostengo mi endereza por un rato. Y de pronto te acobachás por la mañana, por entremedio de las sábanas algo removidas y el sol del otoño que golpea violento antes de despedirse un poco. Antes de hacerse rogar a media tardes de invierno filtrándose entre las hojas de los árboles, como una caricía a un perro desesperado que te levanta el brazo con el hocico si no se la das. De la misma forma me reclamás un poco. Que vuelva al foco. Que te mire y deje de mirarme sin recurrir al miedo, ni al hartazgo o a cualquiera de mis artilugios para que mis palabras terminen alargando las oraciones lo suficiente como para perderme. O como para pasar de vos al sol. Que en algún punto trata de lo mismo, pero no de la misma forma.
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