Las curvas de mi cuerpo son las montañas
de un mundo que recién despierta gracias a mi primera mirada al amanecer.
El sol me deslumbra,
mis ojos se convierten en ópalos de fuego
y con ellos creo los volcanes que por apasionados intensos de violentos los confunden.
De mi ombligo surge una cascada de zafiros,
mi cabello negro es el manto nocturno del cielo y lo peino con estrellas,
mis extremidades son las raíces de los árboles que habitan la tierra
y el viento, el canto de mi himno.
Como Dios,
originé un planeta repleto de divinidades.
De mi naturaleza efímera saqué la eternidad;
en la mente de alguien vive,
o en el lenguaje de las flores
o en la destrucción que vendrá después.
Nada quitará que alguna vez existió.
Hay un poder que me gobierna
y es inquebrantable.
Habrá civilización tras civilización
que dejarán huellas con sus jeroglíficos, estatuas, catedrales y mausoleos.
Compondrán canciones sobre la belleza y el amor que persistirán a pesar de la decadencia de los años,
porque son eternos,
porque nacieron de mí.
La anemoia de los que aún no existen será una prueba fidedigna,
nadie que no haya sido hijo de padres y nieto de abuelos sería capaz de sentir la melancolía del inicio de los tiempos.
Cuando esta les arrebate, aconsejaré calma.
Diré que esperen la salida de la luna
—testigo imperecedera del universo—
y le pidan con ternura que los arrulle
como a un niño en la cuna.
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