Llevo llorando más de treinta minutos, totalmente despechada. Es culpa mía, lo sé, mi madre me hizo reconocerlo.
Porque hay un punto en el que ya no puedo seguir escondiéndome detrás de excusas o frases de autoayuda. Fallé en cosas que había prometido, en metas que un día anoté con entusiasmo, creyendo que esta vez sí sería diferente. Y no lo fue.
Recursé dos materias. Dos. Y aunque suene insignificante en la escala del universo, acá en mi pecho, pesa como si cargara un mundo hecho de piedra. Me siento mediocre, como si todos avanzaran en línea recta mientras yo me quedo girando en el mismo lugar, atrapada en un loop de buenas intenciones y malos hábitos.
Procrastiné, sí. Dejé para después lo que debía hacer para ayer. Elegí la distracción antes que la responsabilidad. Y me convenzo de que “mañana sí”, cuando en realidad mañana es solo un eco cansado que repite la misma mentira.
Lo peor es que sé el valor que tiene ir a la universidad. Lo sé. Lo repetí un millón de veces, lo escuché de mi familia, lo vi en otros, lo admiré desde lejos. Pero a la hora de actuar… lo desmerezco. Como si no fuera un privilegio. Como si fuera algo garantizado y eterno. Y después lloro, como ahora, cuando el castillo se me viene encima.
Ahora son cincuenta minutos.
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