Golpea la puerta, fervientemente. Quiere entrar.
Pregunto. No hay respuesta. Obviamente.
Sé quién es, claro. No es la primera vez.
Sencillamente abro y sonrío al verme. Mojado, con los pelos revueltos. Largos. El yo de antes.
Pero no solo estoy mojado, estoy. Empapado. Ahogado. Me puedo dar cuenta. Con solo mirarme.
Me abrazo. Intento entrar en calor, secarme. Pero no puedo. Él me moja. Me mojo. Me ahoga. Me ahogo.
El aire escapa de mis pulpones, con una suave caricia en mi pelo, mientras me sonríe, con la misma sonrisa que le hago a mi gata. De ternura, de orgullo. Sé nadar, pero no voy a nadar.
Voy a hundirme.
Voy a ahogarme. Yo mismo. Siempre había pensado que lo haría alguien más. No voy a morir, por supuesto.
Que felicidad.
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