Sé que atar una soga a mi cuello
no te traerá de vuelta,
no reanimará los latidos,
ni detendrá el temblor de mi pulso
al mirar ese lunar discreto
posado en tu labio izquierdo.
No queda más
que un exceso de suspiros vacíos
y la ficción de tus brazos,
esos que envolvían mi cabeza
con ternura,
regalándome su sosiego
y su arrullo.
A veces, la nostalgia me acecha
mientras intento huir
en la ingravidez de mis pensamientos,
por la puerta trasera
de mis propios demonios.
Amante de la solitud que se avecina,
me privo de las lágrimas;
y crece en mí
una aversión torcida
por todo lo que no fue
nuestro mundo.
Juré ser solo tuyo.
Con una brisa desbordante
y la inquietud de mis manos,
me acurruqué a tu sentir,
me fundí a tu aliento.
Y aquí me quedaré,
bajo la linterna de la noche,
aguardando,
con la iridiscencia de mi pecho,
con el "quizás" de tu regreso
y el caminar inerte del tiempo.
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