Tu presencia llenaba todos los rincones vacíos,
y tu risa hacía eco incluso en el frío.
Tenías esa forma de habitar la casa
y hacerla hogar,
como si la luz se acomodara a vos,
como si el silencio mismo se volviera tibio.
Ahora los días se sienten un poco más lúgubres,
más apagados, aunque intente encenderlos
con rutinas, con gestos, con algo de ruido.
Porque hay una sombra suave
que todo lo tiñe.
Un silencio que no es paz,
sino ausencia.
Y me cuesta explicar
cómo algo tan invisible
puede pesar tanto, tanto en el pecho.
A veces, cuando la tarde se vuelve dorada,
juro que escucho tus pasos,
o tu risa bajita entre las tazas,
como si todavía supieras volver
cuando más te necesito.
Recuerdo la felicidad
que encontrabas en las cosas sencillas,
como una tarde jugando cartas,
donde el tiempo parecía detenerse,
como si ese instante te bastara para ser feliz.
Ojalá el tiempo no hubiera sido tan mezquino
y me hubiera regalado un poco más de vos.
Pero a veces pienso
que tu dulzura era tan inmensa,
que quizás la necesitaban en otro lado.
Aunque yo la siga buscando acá.
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