Es que,
a veces no me alcanza,
no me es suficiente la idea
de que el infinito no es posible,
de que mañana puede ser inalcanzable
o de que el mundo puede,
en realidad,
no existir.
¿Qué se hace con el pecho que apunta hacia abajo,
con las ganas de que todo termine
y con el miedo de dejar de existir?
¿Qué se hace con lo que me rodea
si es físicamente intangible
y me desgasta imaginar
que quizás
en un mundo ideal
esto no sea así?
Y... ¿si ese mundo en lugar de ideal es un infierno?
Y... ¿si la realidad no existe más allá de la imaginación?
¿Qué se hace con la angustia que genera
no saber cuál fue
el causante del dolor?
Algunas veces pienso que me sobra la vida,
pero, merodeando en mi mente,
perdida,
encuentro centenar de razones
para saber que me falta
un montón.
Mi corazón escribe basta,
pero mi mente continúa redactando distopícos futuros,
que probablemente jamás ocurran.
Aunque sí,
porque todos ellos tienen un final anunciado
del que no se puede escapar,
ni huir.
Y... es que a veces no me alcanza
con entender que no existe el para siempre referido al tiempo,
que son letras que juntamos para vomitar que algo será muy lejano.
Ni el “siempre” existe.
TODO
tiene un fin.
No, no me es suficiente
sentir
que la vida pasa a mi lado
como si fuera un tren
al que nunca,
nunca
puedo subir.
Ni me llena saber que
yo quedaré inmóvil
ante la posibilidad
de vivir.
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