La vida, al igual que la maquinaria, redunda en su sentido. Nuestros corazones, como motores de una maquinaria rimbombante, nos indican que vivimos. El quehacer con nuestra energía, o el lugar donde depositamos nuestra fuerza, capacidad y complejidad —entre otras características mecánicas—, es importante para nosotros.
Un ingeniero mecánico una vez me dijo: "Qué feo aquel vehículo; el sonido de su motor indica astucia, y yo no logro darle lo que su alma me pide". Por supuesto, no entendí una palabra hasta que, en consecuencia, profundizó: "Siento que, así como intento con ese vehículo, también lo intento conmigo. No logro darme lo que me pido, y no importa cuánto lo desee".
Ante su reflexión, entendí que no hablaba solo del vehículo. Y hoy, cuando las despedidas cobran forma en las oraciones más inexplicables que he oído, te extraño, mecánico. Lamento no haberte entendido. Mi corazón, cual motor gemelo, espera que, alguna vez, pueda volver a reunirse contigo.
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