tus libros abandonados
en el librero de mi casa,
allí se guardan, se cuidan entre ellos
te conocen más que cualquiera,
y te extrañan menos que yo,
son dichosos aquellos libros
por conocerte,
estuvieron contigo,
ebrios de placer de ser leídos por ti,
tristes por abandonarlos
y dejarlos aquí conmigo
como si fueran nuestros hijos,
yo los cuidé con la mirada,
los leí; una y otra vez, esperándote,
pensé que ibas a volver por nosotros
nunca regresaste,
vivo ahora con ellos:
una parte de tu corazón
reside en mi hogar,
son espectadores de mi vida,
a veces acaricio sus hojas,
en mis yemas solo quedan sus lágrimas,
les doy un beso con la suave esperanza
de tu regreso nocturno,
para que nos lleves a ellos y a mí.
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