Mayo dando a luz, trayendo luz.
May 13, 2026
Me es difícil atrapar tanto de lo que desearía exteriorizar en tu día, ¿sabes? Y este lugar toma la forma de carta, una vez más, que no vas a recibir.
La eternidad se hizo pequeñísima por anticipo, pero hasta el final de esta llevaré grabada la fecha que hoy me permite estar hablándole al aire. Bah, que si la eternidad me cabe en el bolsillo ahora mismo, sigue siendo eterna. Eternos mis buenos deseos y también el amor que me inspiras, así tenga opción de imaginar una vela apagándose con una ventisca —diminuta también— que tomará lugar en tus labios o no, siendo el panorama contrario: la sola visualización sin manifestarte que tu vida, tan tuya y de nadie más que de ti, le dio sentido a la mía. En mayo nace la razón por la que conozco el amor desde la ternura hasta lo visceral. Y no te miento, me duele que los próximos se puedan percibir más lejanos, porque en el anterior nos imaginaba repitiéndote un <feliz cumpleaños> mientras te mimaba, delineaba tus pestañas o me alcanzaba con suspirarte felizmente, dulcemente, en la punta de tu nariz.
Sabiendo que no es un día cualquiera, mi promesa en la eternidad reducida era que no se percibiera menos amor en este particular 13. Tras lo que sí te pude decir, añado en lo que no te dije el sustento de mi palabra; cuervo de otoño, no habrá mayo en el que te falte amor, independiente a poder profesarlo o no. Te regalé mi corazón para acoger en mi tórax esa permanencia, toma lugar en mi pecho una memoria que me perseguirá más allá de la tumba. No habrá mayo aquí ni en diez, veinte o treinta años más en el que no piense: es el cumpleaños que alguna vez el amor de mi vida me permitió vivir a su lado. Reitero con un dolor abrasador, equivalente a todas mis intensidades cuando de ti se trata, que este mes me dio alegrías involuntarias y suspiros de fascinación en tu nombre. Tan tuyo, en efecto, y en tanta dicha sometiéndome porque mi cabeza jamás sabrá desligarse de lo que un sol trajo al mundo en escenarios teñidos de calidez, de hojas crujientes y de nubes que espantan los rayos que te permitieron conocer el calor.
Me duele que el mundo no te tratara con más cariño, y espiritualmente abrazo a tu versión que lloraba sin saber que años después el llanto no sería por la necesidad de un pecho que te protegiera, sino por descubrir que aquella vulnerabilidad fue la más protegida. Abrazo también al niño que habrá visto con mayor ilusión su día de festejos, al que tuvo que comprender que le dieron a luz en un planeta sórdido; por sobre todo, cuervo de caramelo, abrazo al joven que tuvo que resignificar esta fecha. Desearía que ninguna de tus piezas, por ciclos a cumplir que tuvieran, te faltaran hoy. Te abrazo tanto, te pienso siempre. Cada ápice que te compone, cada humor que te posee, cada semblante con el que te diriges a mí... Aunque tuviera favoritos entre estos y ya no me tope con ellos. Tu cumpleaños, tuyo-tuyo, es la calidez de sentir que no tuve que habitar este mundo a solas. Tu existencia: la prueba sólida de que la magia existe, de que los milagros ocurren, de que hay seres brillantes y colmados de autenticidad. Entre otras cosas, criatura de otoño, es un cumpleaños distinto si hablo desde mi forma de vivirte, pero nada ha cambiado desde mis ojos hacia adentro. Te vea cerca o te anhele desde lejos, eres el regalo más preciado que la vida me supo dar.
Felicidades continuas, no deseo otra cosa. Que se te peguen alegrías, que no cuestiones el poder de tu amor, y te dejo la garantía de la incondicionalidad. No es la forma que habría deseado, pero en mí ya eres permanente. En mi cabeza permaneces siempre. Otro cumpleaños de una vida que te deseo larga, larga, larga.
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