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mayo

berta

Mar 15, 2026

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Corrían las épocas desfasadas en las Américas y todas las suecas llevaban ropa de brillos, y todos los militares pistolas, y los cerezos echaban pétalos importados de los primeros vuelos comerciales a Japón. Las bisabuelas creían que allí no habían llegado los teléfonos y que se rebanaba gente con sables como trozos de pan, pero al menos, como en Occidente, los oficiales no desayunaban presos políticos y se sentaban a descansar borrachos bajo árboles de guayabo. Las adolescentes, en los zulos y en las camas, se retorcían como contorsionistas debido a los golondrinos de las ingles, porque entonces no se utilizaban los plásticos para todo, y los ministros tenían todos unos labios gruesos como embutidos por la irritación que les causaban sus bigotes ásperos y frondosos en la piel.
En los hospitales los funcionarios del ejército pasaban tantos ratos muertos que se acababan declarando a las enfermeras solteras, y algunas se asustaban tanto que no dudaban un segundo en decirles que sí, de manera que recibían como obsequios los anillos de las víctimas de sus amantes, tenían permiso para jugar con sus revólveres y escogían a dedo los bebés que blandecieran más sus corazones de egocéntricas. Los doctores los examinaban con cuidado bromeando sobre la fertilidad óptima de las enfermeras y las auxiliares entraban y salían con partes de defunción uno atrás del otro, porque parecía que en ese entonces las parejas jóvenes no encontraban muchas más formas de pasar el tiempo, que debían tener sujeto al libertinaje sin tabúes ni tapujos. Y es que eran mucho más extensas las charlas, en los dormitorios y en las salas de espera, hasta el punto en que las pijamadas femeninas se tornaban en consultas al oráculo de los sexos, o en conversaciones metafísicas que nacían desde la boca del estómago, y por escuchar atentamente Merlina Marcos sabía lo que tenía que hacer y poseía en las manos una baraja infinita de posibilidades, pero confiando en que no le tocarían las más improbables se equivocó de lleno. Terminó en un aguardo soporífero y mareante de nueve meses que le asustaban mucho pero le emocionaban el doble, aunque, naturalmente, todavía ella y su novio no comprendían en todo su significado cómo en un ser humano tan menudito se creaba otro enteramente independiente, que podía convertirse de parásito viscoso a cocodrilo hambriento sólo por descuidarlo un ratito corto. 


La madrugada en que se interrumpió la espera hacía tanto calor que ni siquiera los caimanes armados tenían las fuerzas para latigar y se tiraron toda la noche descansando, de modo que los berridos de la embarazada fueron de todavía más calado, tanto que la bisabuela creyó que eran estruendos de cuando la Masacre de los Gallos y empezó a rezar bajito. Como Merlina nunca engordó y todavía tenía cara de potrillo, la guiaron hasta la sección de pediatría pensando que sus dolencias eran causa de apendicitis sin preguntar. Los médicos interrumpían cada vez que la madre pretendía explicar el error, y casi que el padre le iba recogiendo a su hija las vísceras a medida que la arrastraban de las axilas por los pasillos. No fue hasta que comenzó a asomarse una cabezota desnuda de entre las piernas de la embarazada que las enfermeras gritaron asustadas “¡Es un niño!”, agarrando todos cuantos fórceps encontraron en su carrera hacia al paritorio como si fueran florecitas en un campo. Al padre de la criatura, que llegó agitado después de correr toda una ciudad, le cerraron la puerta en la cara de pronto mientras se apoyaba en sus rodillas para recomponerse, y no por confusión de corta edad, sino sin motivos aparentes, alegando después complicaciones de parto, que dejaron todo el exterior del edificio en suspenso durante cincuenta y cinco minutos contados. Vicencio que se llamaba el muchacho, dijo haber sentido cómo se caían al suelo los átomos del oxígeno, y cómo se le desconfiguraba el reloj de correa mientras esperó sentado la llegada de noticias, pero no escuchaba ni un alma, y eso se le presentó como una buena señal. Sí creyó que todo el mundo lo miraba extraño, pero pensó que era el perpetuo halo de sospecha que le había rodeado estos nueve meses ante la posibilidad de que quizá era de estos que se borraban de un día para el otro, pero ni una noche se le había podido pasar por la cabeza. Ocultaba incómodo que él también sentía algo en la panza que estaba agarrado a sus intestinos, como un residuo del bebé, y aunque hubiera sido siempre pequeñito cuanto más esperaba más grande se le hacía, hasta el punto en que pensó en levantarse y golpear la puerta del paritorio para que se lo extirparan.

Allí dentro, a Merlina Marcos la subieron a una camilla de las caderas y le cambiaban cada tres minutos unos paños en la frente por si se acaloraba, pero realmente todo el mundo pegaba voces de aquí para allá, de un timbre tan molesto que lo único que podría suscitar un funcionamiento anormal del cuerpo era precisamente la ausencia de dolores de cabeza. Era cosa de lo más extraña que de puertas para afuera no se escuchara ningún grito, y todo mérito de la mujer que, entre parpadeos calientes, se colocó al lado izquierdo de Merlina y le dijo que le mordiera la mano para desviar el dolor, le comenzó a dar agua a montones para que no perdiera lo que sudaba y, junto a una enfermera y una matrona jóvenes, sacaba paños para limpiarle todo lo que echaba de más al empujar. El médico se tuvo que desabrochar los botones de la camisa para hacer bien su trabajo, y se sentó intentando palpar la cabeza que se había quedado a la mitad de trayecto, hasta que prácticamente abriendo el cuerpecito de la joven a la fuerza lo sostuvo en diagonal con las manos temblorosas y lo acompañó poco a poco a comenzar a respirar. A Merlina Marcos se le relajaron por completo los esfínteres y cuando comenzó a sentir que algo comenzaba a deslizarse por sus piernas sintió que se le bajó la presión; comenzó a pestañear lento como quien se acuesta en la cama cuando está cansado, y sintió las leves caricias de la mujer que le sostenía la mano. Vio cómo el médico alzaba finalmente a su hijo a luz dorada que entraba por los estores de la ventana, cuando ya sentía el mundo lento  como si se fuera a morir; lo tenía con una mano sujetándole la cabeza y la otra entre sus piernas pequeñitas, y lo dio vuelta para que ella lo pudiera mirar de frente. Merlina pensó que era como el niño Dios así todo iluminado, y que daba pataditas como si se estuviera riendo pero lloraba horrible, y que así con los ojos cerrados se parecía a su novio Vicencio cuando se enfadaba. Después vio como esa mujer le soltó la mano y se llevó al bebé hacia una puertita contigua, y no le dio tiempo a pensar nada más porque fue cuando cayó dormida.


Al despertarse Merlina tenía a Vicencio a un lado, que se apoyaba en su brazo. Su madre miraba por la ventana de la habitación de una planta quinta, su padre no sabía dónde estaba y aquella mujer del paritorio la miraba con ojos de amor. “Señora, ¿dónde dejaron a mi hijo?” Preguntó. “Ay, mi niña, ¿no viste que ya estaba muerto cuando nació?” respondió ella. 


berta

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