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Más viva que nunca

Aug 7, 2026

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Más viva que nunca
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Había noches más lindas que esa, con menos lluvia, con menos frío. Pero nada impediría que yo saliera por las calles a dar una vuelta, a buscar un poco de calor, a abrigarme entre cuerpos ajenos, y que se me subiera la temperatura luego de un poco de alcohol.

La lluvia había dejado el aire pesado. En cada paso se olía el asfalto mojado y la tierra húmeda, mientras el frío se colaba entre la tela de mi ropa. Abrigada y solo con las piernas descubiertas, sentía el aire recorrerme entre ellas.

Solo bastó un sonido para ser recibida en aquel lugar secreto. La entrada contaba con escaleras largas, casi como si fueran un pasadizo a quién sabe dónde, que solo las valientes descubrirían al llegar al final.

Al entrar, el lugar estaba ambientado como en una película de los 50, con una estética vintage, atrevida. El frío quedó atrás. Un aire tibio, mezclado con perfume, alcohol, cuero y madera, envolvía el ambiente. Luces alumbraban el lugar, mezclándose con la música y la proyección de escenas de desnudos por un costado.

Todo lucía familiar, cálido, cercano. Como si aquel sitio hubiera existido desde siempre, aunque nadie pareciera conocerse realmente. 

Caminé lentamente por el lugar, observando cada detalle, cada objeto, cada mueble de cuero y madera, hecho a la perfección para sostener a cualquier ser humano que se dignara a montarlos. El murmullo de las conversaciones se confundía con alguna risa aislada y el tintinear de los vasos detrás de la barra. 

Luego de un breve paseo y charlas encendidas, decidí tomarme no una, sino dos copas de gin tonic. El sabor, entre amargo y frutal, me refrescaba por dentro.

El lugar contaba con dos pisos y, desde arriba, en la barra, podía observar cómo la gente dispersa charlaba, recibía nalgadas o las daba. Este debía ser el cielo para los imprudentes, para los sucios, para los que no tienen lugar en ningún otro lado.

Creí que no iba a ser capaz de aventurarme yo también entre esos deseos corruptos y poco éticos. Pero, de pronto, una persona se me acercó. Un hombre que hablaba poco, titubeaba mucho y nunca podía descifrar del todo hacia dónde iba. 

Se me reveló como una curiosidad. Una novedad. Me intrigó. Entonces, como nunca, escuché su oferta. Mi cuerpo se sentía encendido, deslumbrante; mi ánimo me acompañaba en esa línea.

«¿Por qué no?», pensé. Ya no tenía nada que perder, ni a qué temerle.

Perdí a la persona que más amaba. La vida afuera de esas puertas era más dura que nunca. Dormía sola, arropada conmigo misma, todas las noches. No podía ser tan cruel de no permitirme un poco de placer.

Decidida, me encaminé hacia el sector que se escondía arriba de una segunda escalera, pequeña y angosta. Allí arriba, las paredes se encontraban cubiertas por telas, había una hermosa cama ancha, un mueble con diferentes tipos de juguetes y accesorios, y dos parejas encimadas una sobre la otra en cada esquina.

El lugar era reducido, pero bastaba. Podía escuchar cómo la saliva de los besos de aquellos presentes se entremezclaba con pequeños gemidos y ruidos de manos traviesas queriendo despojarse de aquella ropa.

No volví a dirigir mi mirada allí. La verdad es que tampoco era de mi importancia lo que hicieran otros.

Mientras esta persona tomaba su bolso y sacaba todo lo que se encontraba dentro, yo acaricié lentamente la tela de mi ropa por encima, para darme un mínimo de consuelo.

Esa noche llevaba el cabello ondulado, con un poco de gel para mantener aquellos rulos. Unos aretes de strass anchos, un delineado largo, pestañas postizas y los labios delineados como aquellas mujeres de los 2000 con las que crecí. Me sentía cómoda en aquella piel.

Me vestía un corpiño de encaje negro y, por encima del pecho, un arnés negro de tiras elásticas. Por debajo, llevaba tan solo una falda corta animal print, anclada a mis medias de encaje a través de un portaligas.

Me descalcé y, cuando esta persona por fin se dignó a sentarse, me puse sobre él.

El primer pensamiento que se me atrevió fue: «¿Hace cuánto no estaba a horcajadas de una persona? ¿Aún tendré un recuerdo de cómo fue la última vez?».

Suavemente, sentí cómo unas manos me acariciaban por atrás y, acto seguido, recibí un primer golpe.

El primero fue inesperado, pero extremadamente suave para mi gusto. Luego hubo otro. Bueno, comenzaba a tener más color. Después de repetidos intentos por generarme algo con esos pequeños golpes -que se sentían hasta nostálgicos- sentí cómo aquellas manos se deshacían lentamente de mi falda.

Cómoda sobre su regazo, recibí otro golpe que me picó la piel. Esta vez con más gusto. Similar a cuando cocinás una salsa y, mientras intentás echarle condimento, vas sintiendo cómo el gusto evoluciona hacia algo mucho mejor.

Así se sentía eso para mí.

Después de un rato entre golpe y golpe, me levanté, con un pequeño calor en la parte de mis glúteos, y me digné a posicionarme como se me ordenó. No dudé y, casi automáticamente, me coloqué en cuatro patas, dejando descansar gran parte de mi torso sobre aquella cama acolchonada.

Muchos pensamientos vinieron en ese momento. «¿Qué estaba haciendo?», pensé con emoción. Me sentía una loca. Una loca bien.

Casi no podía recordar cómo se sentía ser golpeada de esa manera, pero gracias a Dios podía disfrutar de aquel momento y generar recuerdos nuevos. 

¿Era normal que se sintiera tan bien?

El primer elemento fue un flogger, que me sorprendió para bien. Lo disfruté. Podía sentir cómo varias tiras largas me golpeaban los glúteos, y yo respiraba para contenerme y no flaquear.

Resistencia, paciencia.

Entonces cerré los ojos un momento y volví a sentirme como aquella niña que disfrutaba esconderse con ese chico en su adolescencia y pedirle, por favor, que la golpeara un rato.

Ese picor, ese ardor que llegaba a ser tan disfrutable. Y que nunca era suficiente; siempre quería más, y más, y más. Hasta tener una parte de él marcada en mi piel.

Ojalá aquellas marcas hubieran sido para siempre.

Luego de unos minutos, el segundo elemento se hizo presente sobre mi piel. Esta vez fue difícil. Era una paleta más rígida y de cuero. Luego de los primeros minutos, la piel ya dolía con más intensidad.

«Aguantá», pensaba. Y, en cierto punto, esa lógica fue lo que me hizo resistir.

Pesado, duro, consistente sobre mí, se sentía más como esas palizas que te daban cuando te portabas mal. Cuando te habías mandado una cagada. Un golpe que te indicaba lo que no se podía volver a repetir.

Respiré más profundamente. Ya podía sentir cómo mi piel transpiraba por debajo de la ropa.

Me sentí débil y miles de emociones me pasaron por el cuerpo.

¿Estaba mal que disfrutara esto? ¿Sufrir? ¿El dolor? ¿El sentir que me merecía aquellos golpes? Lo cual era extrañamente reconfortante.

En un momento, sentí cómo esta persona se detuvo. Con una simple pregunta, tanteó cómo me encontraba y si quería más o menos.

Accedí a más, siempre más.

En un punto ya me sentía levitando. No sabía si el dolor era ajeno a mí, si venía de afuera o si, en realidad, era la materialización de todo el sufrimiento que traía dentro.

Una explosión disfrazada de situación erótica que escondía algo mucho más profundo.

Me encontraba de espaldas. No podía llegar a ver a esta persona, que era más alta que yo, de cabello levemente ondulado, peinado hacia un costado. Apenas alcanzaba a percibir su respiración mezclándose con el aire cálido de la habitación y el olor tenue de la transpiración que se acumulaba detrás de su camisa a cuadros.

Podía sentir el movimiento de sus brazos, la firmeza del agarre de sus manos callosas sobre el elemento. El sonido seco contra mi piel rompía el silencio con un ritmo constante y, por extraño que pareciera, en ese instante sonaba como la armonía más bella jamás compuesta.

Mi piel expuesta ya no se sentía lo suficientemente caliente, pero ardía. Y cómo ardía.

El hombre se acercó y apoyó una mano sobre mis muslos. La deslizó con calma, tanteando de un lado al otro, como si comprobara la temperatura como algo que solo él podía entender. Luego continuó.

Otra vez más.

—Más fuerte —murmuré.

Y en esa última frase sentí que me iba a desmayar por todas las sensaciones que me recorrían el cuerpo.

Allí sentí que revivía, y lo primero que pensé fue: «Lo merezco. Merezco esto». Pero no solo eso. Lo necesito. Necesito llegar al límite. Necesito explotar. Necesito fundirme en esta violencia implícita, que debe ser lo único capaz de acallar las voces de mi cabeza, aunque sea por un segundo.

Entonces pensé en él. Lo recordé.

Recordé su figura. Recordé ese tono irritante de voz, esa forma ridícula de moverse, esa personalidad exasperante que tenía. Y sostuve: «Él jamás podría haberme hecho esto.» Jamás hubiera sido capaz.

Le faltaban ganas, agallas, algo de sentido en el alma.

Era solo un pobre ingenuo, cobarde, inseguro. Incapaz de tomar una decisión.

Él nunca habría podido tomar el control. Nunca habría podido dominar toda la rabia que escondía mi corazón.

Jamás me domó.

Creyó haberlo hecho cuando pensó que había obtenido mi corazón. Pero, en realidad, él nunca fue mío, ni yo suya.

Jamás habría podido darme lo que yo necesitaba. Jamás habría comprendido mis necesidades, mis miedos o las historias que se escondían detrás de cada una de mis acciones. Simplemente no me comprendía. No veía quién era detrás de ese rol ingenuo.

No era el verdadero. No era el indicado.

Pero ahora estoy acá, sintiéndome más viva que nunca. Más viva de lo que alguna vez él me hizo sentir. Y sé que, al menos, yo sí pude otorgarle un mínimo placer.

Caricias, besos, roces… cosas que jamás volverá a sentir. Porque como yo no hay ninguna.

Al finalizar la situación, el ambiente ya se sentía más denso, más caluroso, más íntimo. La habitación había quedado casi en silencio. Ya no nos rodeaba nadie.

No me había dado cuenta de que todo había terminado hasta que esta persona me acarició con suavidad y decidió detenerse.

—¿Estás bien? —preguntó.

¿Lo estaba? ¿Seguía siendo yo? ¿Había quedado un pedazo de mí aún vivo en ese espacio?

Suspiré y asentí. Sentía cómo todo mi cuerpo había descargado un nivel de adrenalina impresionante. Mi respiración comenzaba a serenarse y el calor que antes parecía insoportable ahora se transformaba en una tibieza amable, envolvente.

Me recosté boca abajo sobre la cama, acomodé el cuerpo y, por primera vez en mucho tiempo, me permití ser sostenida.

Mi piel parecía distinta. Más liviana. Más sensible. Todo se sentía más tierno, más dulce, más acogedor. Ya no sentía esas ganas desesperadas de escapar, como me ocurría en cada lugar al que iba.

Sentí un peso recostarse a mi lado. Esta persona me acarició levemente y comenzó a masajear mi piel con una calma casi hipnótica, como si ya conociera el camino que debían seguir sus manos.

Le sonreí. Mi manera, un poco particular, de agradecer.

A veces las palabras no bastan. A veces solo hace falta un gesto para comunicar lo que sentimos, aunque siempre quede algo más profundo por descubrir.

Me recosté y me dejé cuidar.

¿Hace cuánto tiempo que venía escapando de esto? ¿Hace cuánto tiempo no me dejaba sostener?

Ese limbo que aparece cuando termina una sesión y comienza el aftercare es muy difícil de explicar.

¿Cómo sé dónde termina el dolor y dónde comienza el placer?

Y eso me hizo recordar que, en nuestra relación, yo tampoco supe distinguir esa línea.

Aún extraño su cuerpo y su presencia, pero él jamás podría haberme hecho sentir algo así. Me lastimó de todas las formas posibles. Ninguna física. 

Simplemente profanó mi alma.

Pero, en ese momento, incluso sin corazón, incluso sin más lágrimas para llorar, incluso con los ojos vendados para no seguir viendo la oscura realidad, me sentía en paz. Relajada. Solo por un segundo. Y lo aproveché al máximo.

Ceder, aunque fuera por un instante, a ser simplemente adorada. A ser tratada como realmente merezco.

Y no importa si al salir por aquella puerta y descender la escalera vuelvo a darme cuenta del vacío que llevo conmigo. Porque, al menos, estoy acá. Al menos descubrí que todavía puedo sentir. Y, de alguna manera, todo cobró sentido.

Aunque la tristeza desaparezca solo de forma efímera, creo que ese instante es necesario para volver a conectar con el placer de atravesar aquello que más duele. Cada persona encuentra su manera de enfrentarlo.

La mía, al menos por ahora, ha sido el dolor.


Mar ₊✩‧₊˚౨ৎ˚

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