Yo tuve un amor al que me entregué sin dudar,
di lealtad y apoyo, nos conseguí un hogar,
le ofrecí metas claras para poder trabajar
y juntos nos proyectaba unidos hasta el final.
Fantaseamos con familia, con poder ir a viajar,
recorrer todo el mundo, cada rincón explorar,
con tener un lugar propio donde poder regresar
una vez que nos cansemos de por la vida vagar.
La conocí tan herida, decía no conocer
lo que era el cariño, el amor y el placer,
y sin dudar ni un segundo cada trozo junté
y me rompí a mí mismo para poder completar su ser.
Cada día que pasaba ella se hacía más bella
y yo me deshilachaba cosiendo aquella muñeca;
llegué a enterrar mi ambición para exhumar su esencia,
llegué a perder el temor, el temor de poder perderla.
Y cuando al fin despegó y se volvió una doncella,
justo yo estaba lejos, lejos sin poder verla,
y entonces me informó que buscaría otra senda
y muy triste acepté, confiado en volver a verla.
Pasa el tiempo y un día, aproximadamente un mes,
recibo una llamada de ella y al atender
la noto muy exaltada, y al preguntar el porqué
me confiesa del fruto que surgía de la última vez.
"¿Estás segura?", le pregunto, y me responde que sí,
y que aún está indecisa en el camino a seguir,
a lo que yo le respondo que no pretendo influir,
aunque solo si sigue adelante es que la pienso respaldar.
Coincidimos en que esperar era la mejor sentencia,
tras solo una semana llamé en busca de providencia
y fue allí donde confirmó mi más temida certeza,
confesando no estar preparada para tamaña proeza.
Desgarró en mil pedazos lo que quedaba de mí,
grité, lloré, me asfixié, más de mil veces morí;
le dije que era mi hijo, que no me lo arrebate así,
se despidió y siguió su camino... entonces yo me perdí.
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