Lo acontecido se escondía prolijamente en cada una de las piedras. Y no hablaba burdamente de la escollera, tampoco de los muelles. Sino que la afirmación se posaba en todas y cada una de ellas que le abrazaban de alguna forma los dedos, le sujetaban los pies, lo hundían un poco. Y era aquella la consternación, el sentirse desbordado fuera del agua, inundado en la arena que a poco se levantaba con aguna brisa para volver a agolparse en la piel. Donde en algunos agrupamientos era perceptible, y en los dispersos puntos entre lunares pudo haberse escondido toda una vida.
De pronto alzó la vista allá donde hace tan solo unos instantes se adormecía el sol, se fundía en el agua dejando algunas pinceladas naranjas, medio enrojecidas como un rubor admirando los últimos instantes. Cuando cesó el viento, cuando la arena quedó estanca, la noche ya no estableció diferencia aguna con el océano. E incitaba a presuponer que aquella luz que irradiaría un gran cargero a lo lejos, era anclaje de horizonte, en aquel punto de dos tipos. Como una tesis comenzó a formar su punto, y ahora había una conciencia que quería proyectarse hasta donde hubiese un fin; y en contra parte la otra, acompasada con la contracción de los dedos, quería perderse hacía alguna instancia similar al infinito, con el temor ingenuo de quizás encontrarse la espalda. El agua alcanzó su piel, y el invierno comenzó a traspasarla.
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