No era el cuerpo el enemigo,
era el ruido.
Ese que decía que ocupar espacio
era un pecado
y sentir hambre, una derrota.
Aprendí a negociar conmigo misma:
un poco menos hoy,
un poco más de control mañana.
Como si el dolor pudiera ordenarse
en números
y el silencio pesarse en gramos.
El estómago gritaba verdades simples,
pero yo le respondía con castigos.
Porque era más fácil vaciar el plato
que enfrentar el vacío
que nadie veía.
No quería desaparecer,
quería que doliera menos existir.
Quería que el espejo me diera permiso,
que el cuerpo pidiera perdón
por ser cuerpo.
Pero el hambre no era el problema.
Era la culpa.
Era el miedo.
Era creer que merecer amor
dependía de reducirme.
Un día entendí, cansada y temblando,
que el control también cansa,
que sobrevivir no es ganar,
y que el cuerpo nunca fue cruel:
solo intentaba sostener
a una mente que se estaba cayendo.
Sanar no fue comer sin miedo de golpe.
Fue dejar de odiar
a quien solo quería mantenerme viva.
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