Se dice que las personas dejan huella en ti, hablando de costumbres, de recuerdos, o de algo tan básico como la forma en la que se preparan su café o la primera comida habitual que se llevan a la boca apenas comienza el día.
La imaginación me ha llevado a imaginar a las personas con colores; todas tenemos uno. Para mí, yo soy un rojo intenso que cala en los ojos; lo conecto con mi intensidad, en todo.
Pero, si observas bien en mi color, hay rastros de azul, de morado, de verde incluso. Y no hablo de lo sexual, sino de cómo cada toque se queda plasmado como brochazos de pintura en mi piel: cómo un abrazo puede hacer que la parte de mi espalda esté cubierta de morado, cómo un beso en la mejilla me dejó llena de azul, o cómo un roce en mi cabello me envolvió de verde.
Soy un desastre en colorimetría, escojo colores que no me favorecen.
Son tantos colores que me convierto en una obra de arte llamada vida, experiencia y dolor.
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