Él ríe con la boca rota,
con los labios teñidos de humo y promesas baratas.
Cuenta historias que son medias verdades,
las envuelve en chistes y me las deja en la piel.
Sus manos tiemblan, pero no de frío,
sus ojos arden, pero no por mí.
Habla de sueños que nunca persigue,
de un mundo que gira sin esperarlo.
Yo soy la que escucha, la que espera,
la que recoge los restos de su risa,
la que calla cuando él se pierde
entre botellas y madrugadas sin nombre.
A veces es un niño
pidiendo que lo abrace fuerte,
otras es un espectro
deshaciéndose entre sombras.
Y yo, con los pies en la orilla,
miro el mar que se lo lleva
preguntándome si un día
querrá nadar de vuelta.
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