te habría peinado todas las mañanas
aunque llegáramos tarde,
aunque el mundo se estuviera cayendo a pedazos.
Te habría sentado entre mis piernas
y habría desenredado tu pelo con paciencia.
Te habría cantado antes de dormir,
no para que te durmieras rápido,
sino para que supieras
que había alguien velando tus sueños.
Jamás te habría gritado, mamá.
Jamás habría descargado mis frustraciones sobre vos
como si fueras un recipiente vacío
destinado a soportarlo todo.
Y mucho menos te habría levantado la mano,
porque las manos de una madre
tendrían que servir para curar,
no para dejar marcas que siguen ardiendo años después.
Habríamos sido compañeras,
como las chicas Gilmore,
de esas madres e hijas que hablan durante horas,
que se ríen en la cocina mientras toman café,
que se cuentan los secretos más pequeños
porque saben que del otro lado hay refugio y no juicio.
Yo te hubiese dejado equivocarte sin hacerte sentir monstruosa.
Te habría abrazado en vez de hacerte sentir culpable
por existir de una manera distinta a la que esperaban de vos.
Nunca te haría llorar sola en tu pieza.
Nunca hubiese dejado que aprendieras
a secarte las lágrimas en silencio
para que nadie se enojara más.
Nunca te habría hecho sentir miedo
cada vez que escuchabas pasos acercándose.
Si yo te hubiese maternado, mamá,
el cariño jamás te habría faltado.
Te lo habría dado en las cosas pequeñas:
en la merienda esperándote después del colegio,
en las preguntas sobre cómo estuvo tu día
y en escuchar realmente la respuesta.
Te habría acompañado con la tarea
aunque estuviera cansada.
Hubiese ido a todos tus actos escolares.
A todos.
Incluso a los más aburridos,
incluso si solo tenías dos líneas para decir.
Te habría buscado entre la multitud con orgullo en los ojos
como si fueras la persona más importante del mundo,
porque para una madre, su hija debería serlo.
Te habría dicho “estoy orgullosa de vos”
hasta que dejaras de buscar desesperadamente esas palabras
en la boca de otras personas.
Mamá, si yo hubiese sido tu mamá,
te habría protegido incluso de mí misma.
Habría pedido ayuda antes de convertir mis heridas
en las tuyas.
Habría roto el ciclo.
Y quizás entonces, mamá,
hoy no confundiríamos violencia con amor.
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