Me has quitado tanto
que ya no me queda ni el odio.
Estoy enfadada contigo, sí,
pero si lo digo, se vuelve contra mí
y acabo pidiendo perdón por sentir.
Así que me callo.
Me guardo.
Me hago pequeña.
Y espero el día
en que pensarte
ya no duela en el pecho.
Quiero irme.
No por rabia,
sino por aire.
Pero… ¿cómo se suelta a una madre?
¿Cómo se deja ir a quien te dio la vida
y también te dejó heridas sin nombre?
No puedo.
Porque incluso entendiendo el daño,
sigo atrapada en él.
Para mí eras una torre,
algo firme, seguro…
algo que no se caía.
Pero todo lo que creí seguro
se vino abajo.
Sin aviso.
Sin ruido.
Como en el tarot…
la torre cae
y con ella caen también
todas las creencias que me sostenían.
Y pedí ayuda.
La grité.
Pero tú no estabas.
O fuiste la razón
por la que la necesité.
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