Siempre he creÃdo que la luna me llama, me busca, me acecha. Siento su presencia alumbrándome, proyectando su reflejo en mi cuerpo y convirtiéndome en un propagador de su poder. Voy contagiando a miles de personas a mi paso, llenándolas de oscuridad, misterio y paranoia. Es una sensación idéntica a la de esos pensamientos oscuros que te asaltan al quedar a solas en tu habitación; cuando piensas tanto que ya no sabes si eres tú mismo o esa penumbra escondida donde la luz del sol no llega ni quema. AllÃ, donde todo solo florece de noche, mientras corre la brisa fria, con la mente nublada y mil problemas, ahà empieza la propagación. Comienza a expandirse por el alma, la mente y el cuerpo, repitiendose cada noche como un bucle con las mismas preguntas: cuándo lo haré, cuando dejaré de sentir, es el momento? .
La respuesta nunca llega, pero el frÃo aumenta. Siento cómo los hilos invisibles del reflejo tiran de mis extremidades, obligándome a caminar bajo el cielo abierto. Cada persona con la que cruzo la mirada parpadea con un destello plateado, un contagio silencioso que despierta sus propios monstruos nocturnos. Ya no somos extraños en la ciudad; somos una red de mentes despiertas en la madrugada, conectados por el mismo magnetismo asfixiante. La luna no quiere adoración; quiere cómplices que extiendan su reino de sombras antes de que el amanecer nos obligue, una vez más, a pretender que SOMOS HUMANOS.
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