Un caballo cimarrón galopa a través de un campo que parece seco y muerto. A su paso una soga atada al cuello arrastra una yesca que hace crecer y arder los árboles que iluminan la Tierra.
Me siento tentade de esconderme en algún patio para cubrirme de hojas y ver cuánto aguanto sin respirar. Quizás así logre ignorar un rato el tiempo que cuelga de mis rodillas. El cielo/la calle, quietud furiosa; este mendigo/aquel policía: espejos y preguntas allá lejos, con la lluvia. No escapa a mi cobardía la excusa borgeana e inútil: "le tocaron, como a todos, malos tiempos en los que vivir."
Confío en que no existen horrores perfectos y creo en una belleza casi eterna, pero hoy rehúyo los matices. Reducido el cosmos a una habitación no hay lugar para los grises; solo pan viejo y sábanas sucias, mientras un péndulo roto me busca sin encontrarme.
Ahora que atravecé el vórtice y nadé hacia la palabra sé que el amor tocó el timbre y pidió ropa, esperando oír mi voz mientras me desangraba el silencio.
Al fin me levanto, entre el polvo y la humareda que dejó atrás el cimarrón, que ya está dando la vuelta. En su camino planté un jazmín, flor del éxtasis feliz, mi anhelo.
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