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Lunas y conejos, causas de muertos

Gio

Jun 9, 2026

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Lunas y conejos, causas de muertos
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No crea usted que no lo he intentado, claro que sí, ¿Qué sería de mi si no? Al fin y al cabo al igual que la luna es apacible con los conejos, el cansancio lo es con la muerte, y usted al igual que yo, sabe del cansancio.

Sí, lo miro en sus ojos, usted al igual que yo ha sido apacible con la muerte, la lágrima en su rostro se le ha marcado en la piel y los dos sabemos que eso pesa.

Por eso estamos hablando ahora y no antes.

Eso es obvio, antes de ayer la hubiera tomado de loca, de tonta y crédula, quizá de estúpida por no saber vivir.

Pero hoy la luna está muy grande y de seguro los conejos, al igual que los tristes, sienten una ternura especial en noches como está.

Es por eso que usted suspira, yo lo haría si no estuviera hablando, pero lo estoy.

Y usted calla, y la luna le refleja la tristeza.

¿Qué pensará?

¿Pensará acaso en conejos como yo?

No crea que no la conozco, yo a usted ya la había visto en sueños y seguramente usted también a mí, solo que no se acuerda.

¿Y de qué se va a tener qué acordar? Mi cara no es apacible con las reminiscencias, quizá si algo de mi se acuerda es de mis manos que le tocan la cara.

Entonces, cuando por fin mis dedos rozaron su mejilla, la luna se apagó. No con estrépito, más bien como se apaga un suspiro: despacio, sin que nadie lo note hasta que ya no hay nada.

Los conejos alzaron las orejas un instante, un solo latido de asombro, y luego volvieron a mirar al suelo, porque la noche sin luna es apenas otra forma de cansancio.

Usted quiso decir mi nombre. Lo vi en el temblor de sus labios. Pero el aire ya no llevaba palabras, solo ese peso quieto que dejan los cuerpos cuando aprenden que nunca hubo otra manera de encontrarse. Sus ojos me buscaron, y yo seguía ahí, sí, con mis manos aún alzadas, pero ya no para acariciarla, me pesaban mucho y ya sabe qué cansado estaba antes de conocerla, aún así me esforcé para sostener el vacío que usted dejaba al irse.

Y usted se fue. No de prisa. Yo ya sé lo cansada que estaba y la prisa al igual que todas las prisas del mundo, conlleva un esfuerzo que la gente cansada como nosotros no se puede dar el lujo de dar.

Usted se fue, sí, se fue como se va la luz de un río cuando el río mismo se seca: primero una grieta, luego otra, y al final solo queda el cauce mudo, solo queda el recuerdo de la promesa, esa promesa de la roca y el río de ser fieles, hasta que se moja la arena. O se muere el río.

Yo me quedé escuchando el silencio que hizo su espalda al doblar la esquina, y entonces, recién entonces, entendí que no había sido la ternura lo que nos juntó esa noche, fue la derrota.

Los conejos, tan apacibles, no levantarán la vista nunca más. Y yo, que al fin sabía su nombre, me sentaré aquí, en este banco que ya no da a ningún jardín, a contar los días hasta que mis manos se olviden de la forma de su cara. Usted, mientras tanto, andará por algún otro lado, con la lágrima marcada más hondo que la piel, pensando acaso en conejos, sin saber que el conejo fui yo todo el tiempo, y que ya no me quedan orejas para oírla volver.

Porque no volverá. Eso es lo más triste: que usted ya lo sabe, y yo también, y los dos fingimos esta noche que la luna era grande, que los conejos sentían ternura, que las manos al tocar una mejilla podían, por fin, vencer al cansancio.

Pero el cansancio siempre gana. Y la muerte, apacible, nos mira desde el río,

esperando.

Gio

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