Luna, tu nombre aún tiembla en mis huesos,
como el eco frío de un beso enterrado,
eras faro, eras canto, eras cielo dispuesto…
y hoy, apenas sombra, te has marchado.
Tus ojos, espejos de noches eternas,
juraban incendios que ya no arden,
me diste el vino en copas tan tiernas,
pero bebí veneno al final de la tarde.
¿Qué dios cruel cambió tu destino?
¿Qué abismo te hizo olvidar lo que fuimos?
Tu amor fue un teatro, yo el peregrino
que creyó en promesas como en sagrados himnos.
Fuiste todo, y ahora eres nada.
Tu abandono no tuvo despedida,
solo el hielo de una risa forzada,
como quien mata despacio, pero con medida.
Me dejaste en esta carne de vacío,
donde la esperanza se pudre en silencio,
y la fe, esa estúpida flor del rocío,
se marchita sola, sin tu consentimiento.
Hoy te maldigo sin odio, con arte,
pues sé que tu amor murió por desgano,
no por tragedia, ni muerte, ni parte,
sino por dejar de tenderme la mano.
Fuiste un mito, y caíste al abismo
del desinterés, de la fuga sin guerra.
La Luna no me odió solo el cinismo
de quien se va... pero sigue en la tierra.
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