Vamos a buscar al hombre grande, aquel que está por encima de su inercia psíquica; ese que no es Santiago, sino un Don Benjamín o un Don Tomás. Hombres que viven con señorío, que aman con perfección y saben decir “no” a las muchachas y a las cosas que los destruyen.
¡Ay, qué feos somos esta raza de varones, y qué torpes y mensos! Todos estamos dominados por las energías volcánicas de nuestra sexualidad, animales subyugados al principio de la reproducción y encarcelados por las imágenes de la lujuria de Occidente.
Pero, como dice Don Benjamín, energía sexual y lujuria son cosas bien distintas. Lo comprobó cuando, viendo Nat Geo, se dio cuenta de que los cuerpos desnudos de las indígenas no lo conmovían; en cambio, las indias que lo rodean en su valle de Aburrá sí lo sacudían hasta el espanto.
Tiene que ser que le llenaron el yo de lujuria por esos cuerpos; que ese es un deseo sin consciencia, obsesivo, que exige actuar porque así lo manda.
¡Pero ese Benjamín no es bobo!
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