A veces vuelvo a visitar las cenizas del hogar que quise construir en el margen de mi imaginario. Aquí, ando escarbando a través de la comezón del cuerpo. La incomodidad física es el único recuerdo real que dejaste. El dolor en el pecho tiene el bálsamo de tu ausencia. No he podido asesinar el vicio de la miseria. Como no puedo más con la abstinencia, corro hacia tu dirección. Siempre fuimos esto. Intervalos, incisiones, vacíos, comas, puntos, mensajes fragmentados. Esta tristeza preciosa lleva grabada tu nombre. Solo eras un eco de mis deseos más sombríos.
No espero que mis palabras te lleguen más. Nunca pudiste realmente entender qué era o qué quería. Nunca quise aceptar que decías la verdad cuando mi afición te era extraña y ajena. Me usaste como instrumento para demostrarme la inconmensurable distancia que existe entre el amor y tú. Mi silencio siempre tuvo de madre a la vergüenza. Cada paso hacia ti fue a consciencia. Cada punzada, cada suspiro insondable, cada escalofrío, cada aullido en la boca del estómago: tus hijos. De cada lágrima has sido progenitor.
Desde la primera vez que acuné tu nombre, aún mi boca guarda la lujuria del sacrificio para algo que nunca fue magno, solo justo. Justo para la sociedad de los miedos, justo con la devoción de mi cuerpo hacia el flagelo. Dejé de asaltar mis brazos para entregar mis pechos. Dejé de lacerar mis tobillos para entregar mis piernas. Solo quería tocar con mi boca o con mis dedos todo lo que dijeron merecía. <<Si no eres ángel, hazte virgen>> y si no pude ser ninguna, ¿quién podría recibir este lucero desertor?
Un ánima perdida, una visión, un llanto silencioso, el recuerdo de un niño, el vicio en todo su esplendor. Eras la viva imagen de mi pecho, eras el alma gemela de mi corazón. La verdad desnuda de mi vértigo. Tu sexo, mi deseo más oscuro hecho canción. Tu piel poeta me enseñó que la miel de las flores se disfruta mejor a oscuras, donde todos niegan la vista. Ahí donde más duele, en la esquina que conjuga la saliva propia de la negación y las piedras del pecador.
Siempre comprendí el recorrido. No importaba el nido con tal de satisfacer la adicción. En los asientos del cine abandonado, en las afueras de alguna estación. Nadie realmente escuchó nunca todas las que deseaba ser. Tu vigilancia agitaba mi síndrome del impostor. Yo solo estructuro palabras; tú fuiste realmente creador. Creí haberme convertido en ícono de un solo creyente. Sin tu hambre no existía mi valor. Sin mi amor, no existía tu dirección.Ahora, aquí me hallo, humana sin retentiva. Aunque mi cuerpo recuerde, la real reminiscencia está en la deprivación.
Te perdono todo, la violencia del verbo que no consentí, el secreto de todas las religiones a las que pertenecías, toda la iconografía a la que guardabas fervor, que tu real deseo no tuviera mi nombre, ni mi imagen, ni mi iglesia. Todo menos la firma de tus iniciales en mi espolio. Mi último asilo. Lo único que creí era mío. Todo menos las raíces de tu espectro en nuestro siniestro. No te perdono que, en cuatro años de oídos sordos, al fin hayas decidido hacerte una casa aquí. Has expropiado este averno. Ahora no soy sacro, ni mártir, ni ángel, ni diaño. No tengo fe, ni devoto, ni templo, ni capilla. ¿Sin hogar en la miseria, qué realmente soy?
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