Durante años confundimos la riqueza
La buscamos en ciudades lejanas,
en objetos que prometían permanencia,
en vitrinas iluminadas
donde todo parecía más importante de lo que era
Mientras tanto,
la verdadera abundancia esperaba en silencio:
una tarde cualquiera,
dos sillas apoyadas contra una pared,
el lento derrumbe de la luz sobre los techos
y una conversación
sin destino ni urgencia
Porque hay instantes tan modestos
que el mundo no sabe cómo valorarlos
Y sin embargo,
son ellos los que terminan salvándonos
Pienso en los umbrales
Las puertas abiertas
Ese territorio extraño
que no pertenece del todo a ninguna parte
Ni adentro
Ni afuera
Como si la vida eligiera ocurrir precisamente allí,
en los lugares de paso.
Dos personas sentadas frente a la tarde
El ruido distante de los autos
Algún perro ladrando en otra calle
Y las palabras apareciendo despacio,
sin esfuerzo,
como aparece el humo de una taza caliente
cuando el invierno todavía no se decide a marcharse
Entonces sucede algo extraordinario:
el tiempo deja de comportarse como tiempo
Ya no corre
Ya no empuja
Simplemente permanece
Respirando junto a nosotros
Con los años olvidaremos muchas cosas
Los nombres de ciertas calles
Las fechas
Los rostros que alguna vez creímos inolvidables
Pero sospecho
que recordaremos esto
La calma
La luz inclinándose sobre el suelo
Una voz conocida pronunciando historias
que ya habíamos escuchado otras veces
Y la certeza silenciosa
de que no hacía falta nada más
Porque el verdadero lujo de la vida
nunca estuvo en las cosas
Estuvo siempre
en esos momentos lentos y tranquilos
compartidos en el umbral de una puerta,
cuando el mundo entero se reduce
a la distancia exacta
entre una persona que habla
y otra que escucha.
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