La fe no resiste bien la noche. De día todavía se defiende: se disfraza de costumbre, de esperanza moderada, de gesto heredado. Pero cuando cae la luna, cuando todo se vuelve más nítido y más ajeno, empieza a quedar sola.
No hay persecución ni estrépito. Nadie la busca con saña. Simplemente deja de ser necesaria. Bajo esa luz blanca, la fe se vuelve excesiva, incómoda, algo que pide una entrega que ya no parece razonable. Entonces retrocede. No por miedo, sino por cansancio.
Los sicarios no tienen rostro. Son el tiempo acumulado, la repetición de lo que no ocurrió, la lucidez que llega tarde pero llega. Operan sin prisa. Saben que la fe no se quiebra, se adelgaza. Se vuelve liviana, casi transparente, hasta que un día ya no pesa lo suficiente como para sostener nada.
La luna observa sin intervenir. No absuelve ni condena. Ilumina. Y esa iluminación basta. Lo que queda a la vista pierde misterio; lo que pierde misterio empieza a perder sentido. Creer, bajo esa claridad, exige una obstinación que pocos conservan.
Cuando la fe cae no deja restos visibles. No hay duelo. Solo una reorganización silenciosa del mundo. Todo funciona. Todo sigue. Pero algo esencial se repliega: una confianza sin cálculo, una espera que no pedía garantías.
A veces, muy pocas, alguien siente la falta. No sabe nombrarla. La confunde con nostalgia, con un frío leve, con una pregunta que no insiste. Los sicarios ya no están. La luna tampoco. El trabajo fue limpio.
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