En la mesada de casa,
entre harina al viento y mate bien plantado,
descansa el cuaderno de mamá:
la receta arrancada de una revista
[Polvorones de azúcar y vainilla]
y, al lado, su letra firme diciendo
“con chips pa’ mi negrito”.
Eso ya es abrazo,
aunque no esté.
Los polvorones no eran solo polvorones.
Eran la forma que ella encontró
para quedarse en tu infancia,
para llenarte los bolsillos de ternura
cuando salias a un mundo demasiado frío
para un pibe tan sensible.
Era su manera de hablarte sin palabras,
de decirte:
“Hijo, si todo duele, volvé a mí.”
Y vos pibe, hoy volvés.
Volvés cada vez que hundís los dedos en la harina,
cada vez que el aroma a vainilla sube
y se mezcla con ese silencio
que arde un poco más que el horno.
Para los que la tienen cerca:
apriétenla fuerte,
que esas cosas no se repiten.
Para los que la llevan en el pecho:
sigan leyendo sus palabras,
que las viejas que se fueron
todavía endulzan la vida
desde cualquier cielo.
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