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Los sabores de mi neurosis

Jul 30, 2026

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Los sabores de mi neurosis
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En mis relaciones, casi siempre terminaba con las manos vacías. No porque no lo intentara, sino porque tal vez quería demasiado: buscaba conexión, atención, respuestas. Buscaba en el otro una especie de confirmación, como si necesitara que alguien más me asegurara que yo estaba ahí, que existía.

Durante mucho tiempo me pregunté por qué mis vínculos no funcionaban. Por qué algo que empezaba con tanta ilusión, casi como una emoción infantil por descubrir a alguien nuevo, terminaba apagándose.

No entendía porqué mis relaciones se rompían cuando no aparecía esa especie de simbiosis que, sin darme cuenta, yo esperaba. Y siempre volvía a la misma imagen: yo, otra vez, con las manos vacías.

Una vez, un amigo, que dejó de serlo por lo mismo de siempre, me dijo:
“yo conozco los sabores de tu neurosis”.

En ese momento no lo entendí. O mejor dicho, lo escuché desde el peor lugar posible: el ego. Seguí hablando, respondiendo, pero sin detenerme realmente a escuchar lo que me estaba diciendo.

Meses después, cuando volví a leer esas conversaciones, ya con la frustración de ese vínculo perdido (y de muchos otros), algo empezó a hacerse más claro.

No era solo mala suerte. Había algo en mí, en la forma en que me vinculaba, que se repetía.

Algo automático, casi invisible.

“Todos los hombres quieren desearla y estar locos por usted. Y si no lo están, usted hace que lo estén”.

En ese momento entendí que no hablaba de los hombres. Hablaba de mí. De mi forma de relacionarme. De cómo sostenía el deseo.

Porque para mí eso no era manipulación ni algo planeado. Era simplemente la única forma que conocía de conectar, aunque al final siempre terminara fallando.

También me dijo algo más, que en su momento tampoco quise escuchar:
“Si necesitas tanto que te deseen, que te amen, que estén pendientes de ti… dilo”.

Pero no.

Yo quería que me miraran sin tener que mostrarme.
Quería provocar sin exponerme.
Quería sentir que tenía el control del deseo del otro, sin quedar atrapada en el mío.

En el fondo, quería una prueba constante de que todos podían desearme… sin tener que desear realmente a alguien.

Ahí, creo, estaba el centro de todo.

Porque sin darme cuenta, fui acumulando ausencias. No porque los otros se fueran primero.

Sino porque, de alguna forma, yo ya no estaba.

No era una huida evidente. Era algo más sutil: me retiraba justo del lugar donde podía implicarme de verdad. Mientras el otro me deseaba, todo funcionaba. Yo podía quedarme ahí, siendo ese “objeto” que despertaba algo en el otro.

Pero cuando ese deseo se volvía real, cuando dejaba de ser solo un reflejo y empezaba a involucrarme, ya no podía sostenerlo.

No soportaba ser alcanzada.

Porque ser alcanzada implicaba dejar de ser esa imagen perfecta y convertirme en alguien real: alguien que también desea, que también necesita, que también carece.

Y ahí todo se rompía.

Me di cuenta de que estaba atrapada en algo muy claro: quería ser deseada, pero sin asumir mi propio deseo.

Quería que me eligieran, pero sin tener que elegir.
Quería que me vieran, pero sin ver realmente al otro.

Quería, en el fondo, estar en un lugar donde nunca pudiera perder… aunque eso significara no poder ganar nada tampoco.

Y ahí estaba el verdadero vacío.

No en lo que el otro no me daba, sino en todo lo que yo evitaba dar cuando la relación empezaba a volverse real.

Entonces entendí que las manos vacías no eran casualidad.

Eran el resultado exacto de una forma de amar que, por no enfrentarse a lo que falta, prefería repetirlo.

Aquí, solo uno de los muchos sabores de mi neurosis.

Gota de Mar

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